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La Coctelera

El lado oscuro de las cosas

18 Agosto 2005

DAISY NO SE QUEDA EMBARAZADA

Quince días después, Daisy tuvo la regla.
Jane estaba desolada. Yo no le di mucha importancia.
- “No siempre sale a la primera, habrá que intentarlo más veces”. –dije- "Pero hay que mantener la actividad, porque si no, disminuirá la producción de material genético”
Eso me permitió mantener una vida casi normal hasta el siguiente intento, antes del que debía dejar pasar cuatro o cinco días sin hacer nada, para aumentar las posibilidades. Jane estaba muy irritable y no le gustaba que nuestra actividad sexual a tres se fuera convirtiendo en una costumbre.

Ya no fuimos más al parador, sino que lo hacíamos en casa. Generalmente por las tardes y hasta las dos de la madrugada. Algunas mañanas, también. Daisy aguantaba bien, pero Jane, no. Era un ritmo muy fuerte para ella. Pero no se quejaba. Al mes siguiente, Daisy volvió a tener la regla. Y al siguiente también.

Un día, Jane llegó de la calle y nos sorprendió en la cama. Daisy ya no estaba en sus días fértiles. Le faltaba muy poco para menstruar, pero habíamos empezado a juguetear y Jane había salido. Esta se sintió traicionada por no esperarla y comenzó a llorar. De repente dijo:
- “Se acabó. Ya no habrá más intentos con Daisy. Ahora probaré yo. Ya estoy harta.”
Se comenzó a desnudar, furiosa. Luego se tumbó boca arriba y separó las piernas.
- "Vamos, estoy preparada. Es mi turno y son mis días."

- "Jane, pareces una muñeca de goma. Me gusta mucho la idea de tener un hijo contigo, pero no así. O será hijo de la pasión, o no será. Así que cálmate."
Me tumbé junto a ella. Empecé a pasarle un dedo por la frente, luego por alrededor de los ojos y descendí hasta sus labios, que circunvalé varias veces.
- “¿Quieres o no quieres el hijo?” le susurré al oído.
- "Si, lo quiero."
- "¿Estas dispuesta a sacrificarte, lo deseas tanto como para eso?"
- "Si, estoy dispuesta."
- "¿Estás preparada para aguantar el dolor, por fuerte que sea?"
- "Si, lo estoy"
- "¿Estás dispuesta a aguantar también el placer, por intenso que te parezca?"
Pareció dudar… ”si, lo estoy”.

- "Pues ahora cierra los ojos y no digas ni hagas nada que no sea instintivo. No pienses, Sólo siente."

A partir de aquel momento, años de espera se fueron haciendo realidad. Todos mis deseos insatisfechos, todas mis fantasías con Jane se fueron materializando. Había soñado con aquel momento e imaginado muchas veces como podría llegar a ser. Por mi mente pasaron miles de recuerdos. El día en que la conocí. La sonrisa que me enamoró, mi flirteo con ella hasta conocer sus inclinaciones, los días de caza juntos, la época en que la consolé por la ruptura con su anterior pareja, nuestros paseos cogidos de la mano, nuestro recíproco y extraño amor…nuestro intenso amor, que le había hecho a ella perdonármelo todo y ofrecerme ahora su cuerpo para tener un hijo juntos… La oía respirar cada vez más fuerte.

- “Ahora sería ya hijo de la pasión", me dijo

Me coloqué sobre ella. Desde el colegio ningún hombre la había poseído. Temía hacerle daño. Pero estaba tan mojada que pude ir entrando poco a poco, lentamente. Con imperceptibles presiones. Con segundos de espera. Deslizándome. Conteniéndome. Así, durante cinco minutos. Cuando pude pasar un poco, la mitad más o menos, noté los fuertes espasmos y la presión de su vagina infantil, al tiempo que su orgasmo. Afortunadamente, eso me estimuló tanto que también terminé enseguida. Con lo que puede retirarme sin causarle dolor.

Me abrazó muy fuerte. Y de nuevo aquel llanto descontrolado se escapó de ella. Ahora era mucho más fuerte que en ocasiones anteriores. Jamás la había visto hacerlo así. Estuvo como dos minutos, durante los cuales la tuve abrazada. Poco a poco se fue calmando. Le quedaron unos suspiros periódicos, que se fueron espaciando lentamente...

Repetimos varios días más, con ayuda de un gel especial. En esas ocasiones la cosa duró más tiempo. Pero estaba más receptiva y yo me movía muy despacio.
Al cuarto me dijo: “Creo que hemos cometido un error. A Daisy no le viene la regla.”
Quince días después, confirmamos que ambas se habían quedado embarazadas.

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18 Agosto 2005

LA INSEMINACIÓN DE DAISY

Yo me encargué de reservar el Parador. Escogí el más solitario en esa época del año y, además, telefoneé diciendo que nos dieran una habitación triple lo más aislada posible, que roncábamos mucho y que no queríamos molestar a nadie. El recepcionista que tomó la reserva, con más de cuarenta años de oficio a sus espaldas, me entendió perfectamente, sobre todo cuando le dije que se lo iba a agradecer “muy especialmente”.

- "No se preocupe, señor. Les daré una habitación en donde nadie les oirá “roncar”."
Puso especial énfasis en esta palabra y – a través del teléfono – noté su sonrisa silenciosa.

Llegamos a media mañana. Jane y Daisy estaban un poco nerviosas. Yo llevaba desde dos semanas antes sin "ver" a una mujer y tomando diariamente una serie de pastillas extrañas que me daba Jane en cada comida. Decía que eran vitaminas. Estaba muy excitable, tenía erecciones constantes y ya no podía aguantar más. En la misma Recepción del Parador tuve una mientras nos atendía una bonita señorita.
Daisy ya estaba en sus días fértiles.

"¿Damos un paseo por los alrededores?" – preguntó Jane.

- "Lo primero es el trabajo. Las obligaciones. Haremos las primeras tomas inmediatamente. Después comeremos y seguiremos rodando." – respondí.

Con el trajín de las maletas, estaba un poco sudado y, nada más acomodarnos en la habitación, me fui a duchar. Pero lo pensé mejor, me fui hacia Daisy y la empecé a desnudar.
- “Ya puedes empezar a filmar", le dije a Jane.
Una vez desnudos los dos, nos metimos en la ducha juntos. Jane venía detrás con la cámara.

“Una advertencia" – le dije a Jane – "pase lo que pase, no interrumpas o conocerás lo que es la furia de los dioses”
En la ducha enjaboné a Daisy muy suavemente. Pasaba mi mano una y otra vez por todo su cuerpo, que ya había sido mío una vez sin saberlo. Ella se contenía al máximo y sólo podía ir conociendo sus sensaciones a través de sus ojos, que yo no dejaba de mirar. Poco a poco se fue desmadejando. Jane tuvo que limpiar el objetivo de la cámara varias veces, porque se le llenaba de agua. Cuando lo consideré oportuno, sequé a la chica como pude y la llevé a la cama en brazos. Estaba como desmayada. Yo no quería entrar en ella demasiado pronto porque sabía que no podría aguantar mucho. Así que seguí practicando toda suerte de caricias y besos por todas las partes de su cuerpo. Jane seguía rodando.

Hubo un momento en que tuvo que cambiar la cinta. Pero no dijo nada. Cuando comprobé que había conseguido – con sus temblorosas manos – meter una nueva, me dispuse a entrar en Daisy como sabía desde Swakopmund que a ella le gustaba. Porque había recordado – desde que supe la historia - que las segundas partes de aquellas noches eran algo diferentes de las primeras. En aquellos momentos casi siempre tenía que poner mi mano en su boca para que no gritara demasiado. Yo pensaba que los orgasmos posteriores de Ronja eran más fuertes que los primeros. Ahora conocía perfectamente las reacciones de Daisy y podía adivinar el momento justo en que se iban a producir. Al cabo de unos cinco minutos, al notar que estaba llegando, le dije al oído. “No te contengas, Daisy, grita todo lo que puedas, mi amor. Si no lo haces, no se oirá en la película”.

Lo que pasó después cogió por sorpresa a Jane, que pegó un salto y casi tira la cámara. Creyó que le estaba haciendo daño a Daisy, porque se levantó y se acercó corriendo. Entonces vio la cara de la chica y supo realmente que no era dolor lo que estaba sintiendo. Yo noté que un torrente desbocado salía de mí y entraba en ella. Era como si me estuviera partiendo en dos y todo mi ser se derramara en su interior. Casualmente, fue simultáneo. Ni preparado hubiera salido igual. Como Jane se puso de nuevo a rodar, besé a Daisy apasionadamente. Mi fuerte suspiro y mi sonriente mirada hicieron notar a Jane que todo había acabado. Entonces paró la cámara y se puso a llorar muy ostensiblemente.

- “No os preocupéis, es que me he emocionado mucho…”
Por la tarde la cosa discurrió con más normalidad. Jane consideró que ya tenía suficiente “material” y guardó la cámara. La convencí de que si quería que fuese realmente también hijo suyo debía participar en el acto de amor. Me había dado mucha pena por la mañana, y mi “sed de venganza” se había apagado. La desvestí con cariño y la metí en la cama con nosotros. La besé en la boca y en el pecho varias veces y conseguimos varios orgasmos suyos, más con la participación de Daisy que mía. El domingo transcurrió de la misma forma y el lunes, después de almorzar, regresamos a casa. Por el camino hablamos de que había que seguir varios días más, a un ritmo más suave.

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17 Agosto 2005

LOS PREPARATIVOS

Al día siguiente lo consulté con Laura y le pareció una buena idea. “pero piensa en la responsabilidad que vas a contraer. Ya no serás libre y tu vida cambiará mucho. Serás algo así como una madre soltera”
- "¿Y tú como te sentirías?" – le pregunté

- "Mira, somos amigos, y si tú quieres ser padre… A mi, por ejemplo, no me gustaría ser madre” - estaba siendo muy explícita. Y me estaba facilitando las cosas. Es algo que le tengo que agradecer.
- “Creo que les debo eso a las chicas. Además no podría soportar que lo tuvieran con otro.”
- “Y de paso, te acostarás con Daisy…”
Entonces le conté lo de Swakopmund.

- "¡Madre del amor hermoso…!" Fue lo que se le ocurrió decir.

Quince días después estaba todo listo. Lo habíamos programado para un fin de semana tranquilo. Nos iríamos a un Parador de Turismo y cerraríamos los móviles. Porque otra de las siguientes condiciones era que Jane estuviera también. ¡No faltaría más! ¿Cómo iba ella a no estar presente el día en que se engendrara a su hijo? Me parecía demasiada parafernalia, pero también lo pienso de las bodas, los bautizos y las comuniones. Creo que hacer un niño es más importante que todo eso y, además, llevaban mucho tiempo ilusionadas con el tema.

La noche anterior, al hacer el equipaje, metió la cámara de vídeo.
- “¿Piensas tomar los alrededores del parador?” - pregunté
- “Mira, es una buena idea, no se me había ocurrido. El entorno es también importante. Pero la llevo para grabar el acto. Formará parte de nuestros recuerdos.”

- "¿Qué nos vas a grabar mientras lo hacemos?" – exclamé

- “Si, por supuesto… El álbum familiar empezará por el principio…”

- "¿Tú sabías algo, Daisy?" – dijo que sí con la cabeza

- "¿Y no te importa?"
- “No lo verá nadie. Lo guardaremos en una caja fuerte, para nosotros solos…” - Daisy me negó la ayuda.
- “¿Y lo vais a sacar también en los cumpleaños del niño?...”- pregunté. - “Bueno, decídmelo todo ya de una puñetera vez. ¿Qué más sorpresas me quedan por conocer?”
Se miraron… Daisy bajó los ojos. Como que no compartiera la idea.

Jane habló: “hemos pensado estimularte manualmente hasta que estés a punto. Luego la inseminarás y yo tomaré el vídeo, en el momento justo de hacer el niño."
No me pude contener; cogí furiosamente a Jane de los hombros, la levanté y la puse frente a mi cara. La miré fijamente a los ojos.

- “Mira, Jane, a Daisy le voy a hacer el amor delante de ti como nunca has podido imaginar que se pudiera, va a disfrutar como jamás lo ha hecho contigo, la voy a poseer hasta que me fallen las fuerzas y vas a estar grabando más que en “Los Diez Mandamientos”. Así que mete media docena de baterías para la cámara y otras seis cintas. Y se acabaron las condiciones. Punto final. Asunto cerrado.”
Cuando me pongo violento me transformo. No me habían visto nunca antes así y se asustaron.

"Vale, vale… lo que tu digas, Al." – dijo Jane.

Entonces la dejé en el suelo.

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17 Agosto 2005

UN ASUNTO DE IMPORTANCIA

Al año, nuestra situación había mejorado muchísimo. Sobre todo en expectativas e ilusión. Teníamos nuestro propio negocio en el que ya trabajaba Jane. Daisy se quedaba en casa porque estaba ilegal.

Un día, mientras cenábamos, Jane se dirigió a mí en tono solemne…

- "Te queremos exponer un tema. Algo bastante serio."

Me entro miedo. ¿Se irían a separar, se marcharía alguna?

- "Soy todo oídos, dije mordiendo un grueso trozo de pan."

- "Mira… Daisy está mal de ánimos… no soporta bien esta vida… Hemos pensado que lo mejor es que tengamos un hijo…"

Dejé de masticar. Me tragué el pan como pude, porque no podía hablar.

- "¿Un hijo?"
- "Si, un hijo… de los tres, porque queremos que tu seas el padre."
- "Gracias por la deferencia… ¿Y como lo vamos a tener? Porque si estáis pensando en la inseminación artificial…"
- "No seas estúpido… Después de las veces que te has acostado con Daisy, ¿me va a importar unas pocas más?"

- "¿Pero que dices, Jane…? te juro que jamás ha habido nada entre Daisy y yo…"
Me miró fijamente… “pues va a ser verdad que no lo sabes. ¡Hay que ver lo tontos que sois los hombres!”
- "Explícate, Jane, que estoy hecho un lío. ¿Cuándo me he acostado yo con Daisy.? Me tocó una vez en Swakopmund, pero no pasó nada…Luego nos hemos besado alguna vez."
- “Te estuviste acostando con ella durante casi quince días…. A mitad de la noche, su hermana se metía en mi cama y Daisy te llevaba un vaso de leche…”
Yo estaba paralizado y mudo… No podía reaccionar.

- ¿Sabes como me enteré?" –siguió - "Porque yo también me beneficié de ese intercambio… Cuando me di cuenta, pensé que lo mejor era seguir la farsa y hacer el amor con Ronja. Esta es la única que todavía no sabe que yo lo descubrí todo. La chica procuraba hacer su papel…al principio. Y al final acabó gustándole. Porque me propuse competir contigo y darle más placer que tú. Creo que lo conseguí."
Yo seguía sin poder articular palabra.

“A Daisy no se lo dije hasta meses después.”

Unos segundos después, pude reaccionar.

“Mira, vamos a dejar el tema del hijo para mañana, porque ya con esto de hoy he tenido más que suficiente”. -respondí

Miré la pícara cara de Daisy, que sonreía. Con su expresión me estaba transmitiendo miles de cosas.

“Lo hablaremos cuando te apetezca," - dijo Jane - pero si aceptas será con unas condiciones. Las primeras, que te hagas unos análisis y que no tengas relaciones con nadie durante el tiempo que dure el proceso. Después te diré el resto.”

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16 Agosto 2005

LAS PIERNAS DE LAURA

Tres meses después de volver a España, nuestra situación era bastante apurada. La gente que yo conocía, los que pensaban que me podían ayudar, me dieron de lado. Finalmente había encontrado un trabajo de “gerente” en una empresa cuyo dueño, un patán con pasta, era quien realmente la dirigía. Lo hacía francamente mal, lo que estaba llevando a la empresa a la ruina y, con ella, mi “prestigio” detrás. Jane trabajaba como profesora de inglés y Daisy no hacía nada. Limpiaba la casa que yo tenía en Madrid y en la que estábamos viviendo. El tema de la tensión sexual entre nosotros se había diluido porque yo había conocido a Laura, a la que veía de vez en cuando. Ni ella ni yo necesitábamos más.

A Laura la conocí por motivos de trabajo. Era y es auditora y asesora fiscal. Una mujer “compacta”, de piernas y brazos gruesos, pecho generoso y bastante acomplejada a pesar de ser muy atractiva. Miope, lo que resulta una ventaja, porque cuando le quitas las gafas ya sólo te puede prestar atención a ti. Llevaba un régimen espartano, a base de verduras y pescado, lo que la mantenía delgada dentro de su corpulencia. Llevaba las faldas muy largas para disimular unas pantorrillas gruesas, pero muy apetecibles. Muy introvertida, cohibida y que huía y desconfiaba de los hombres. Aunque pensaba que su aspecto físico no debía ser la única causa de sus problemas. Tenía que haber algo más.

Nos hicimos bastante amigos y tomábamos café juntos con bastante frecuencia. Un día, en su oficina, entre mi forzada abstinencia y que estaba particularmente guapa, me fijé demasiado en ella. Estábamos solos.

- "¿Por qué me miras las piernas?" – Me preguntó – "Ya sé que son horribles."
- "¿Horribles? Te las estoy mirando porque me atraen como un imán. Creo que son irresistibles y no sé por qué te las tapas."

- “Por favor, no me tomes el pelo…”

- "¿Tomarte el pelo..? no sabes como estoy de excitado…"

Le tomé la mano y la puse en mi pantalón. Entonces empezó a tomar el asunto en serio.

- "Déjame que vea tus piernas, por favor." Me incliné y le levanté la falda un poco por encima de las rodillas. Las besé. No llevaba medias y eran muy lisas. Tenían un color dorado y estaban llenas de bellas pequitas, igual que sus brazos y su cara.

- "No, por favor…"

Quise seguir pero no me dejó…

Nos sentamos en el sofá.

- "Mira" – me contó – "suelo tener fuertes dolores después del orgasmo. Tras llegar a él no puedo seguir con la relación. Y eso me retrae tanto que ya casi nunca lo alcanzo. Hace un año desde mi último intento... Y no soporto que me toquen, ni con la mano ni con nada. Me dan calambres. Sólo tolero el miembro del hombre dentro mientras tengo deseo. Después, ya no puedo."
Siempre he pensado lo estúpidos que son esos que dicen que son “expertos en mujeres”. Cada una es diferente y lo que vale con una, no sirve para otra. La única forma de conocerlas es hablar, conseguir que te cuenten su forma de ser y después, con suma cautela, explorar. Además, cuando hay problemas no te los dicen de buenas a primeras. Es necesario tiempo y paciencia. Nuestra relación de amistad ya estaba madura para eso.

- "¿Qué te parecería si probásemos?" pregunté

Me miró indecisa…

- "Mira, sólo intentar… Pararemos en el instante en que tú lo digas."
Siguió sin darme una respuesta….
- "¿Te puedo besar el pecho?"
- "Si, me encanta..."
- ¿Y los labios…?
- “Prueba, a ver…” – dijo sonriendo.

Ya estaba con los motores en marcha…

La besé… me respondió con un ardor inesperado. Con unas ansias infinitas, con un hambre animal, salvaje. Esa sensación la conocía yo. La experimentaba a veces. La experimentaba en ese momento. Pero no quise ser demasiado brusco, no se fuera a retraer.
Desabroché su blusa.
- “Espera, que abro el sofá-cama.”

Yo ya he dicho anteriormente que soy bastante lento. La causa es una operación de fimosis que me hicieron de pequeño, una circuncisión completa. Eso me dejó un poco insensible y hace que mis orgasmos sean más fruto de la pasión y de la necesidad que del contacto físico. Solía pensar que era más una ventaja que un inconveniente pero, en este caso, resultaba un problema. Me acordé de Gillette.

La besé durante un buen rato, en la boca, en el cuello, por encima de la cintura, hasta que ya no pudo más.

- “Me imagino que preferirás ponerte tu encima, ¿no?. – le pregunté – Así te podrás retirar cuando lo desees. Y no te preocupes por mí. Ahora quiero que me des tu orgasmo. Por favor, concéntrate sólo en eso.”
Tardó unos diez minutos y pareció bastante bueno…Al finalizar, se tumbó de espaldas…
- ¿Y tú? – preguntó entre jadeos.
- "No te preocupes por mí.. Vamos a hablar un poco."
- "¿Has tenido alguna vez dos orgasmos en una sola sesión?" - le pregunté.

- "No, no podría…"

- "¿Y durante cuanto tiempo te duele?"

- "Una media hora."

- "¿Te puedo besar de nuevo ahora? ¿te molesta?"

- "No, hazlo."
La besé dulcemente, por toda su parte superior. Incluso llegué hasta su abdomen… pero no seguí. Efectivamente, a eso de la media hora me dijo “Prueba a ver si me duele”.
Me coloqué sobre ella y fui entrando muy despacio…
- ¿Te duele? – pregunté
- “No”, susurró, “sigue todo el tiempo que quieras... pero ahora tú sólo.”
Me inundó una sensación nueva. Siempre había sentido el acto amoroso como algo compartido. Ahora ella estaba allí, dándome calor y placer. observándome y analizando mis reacciones. Podía abandonarme y despreocuparme… y eso hice, hasta alcanzar uno de los orgasmos más fuertes que recuerdo.

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16 Agosto 2005

EL HUMO QUE TRUENA

Las cataratas Victoria son una de las maravillas del mundo. Descubiertas en 1855 por Livingstone, son denominadas en la mayor parte de las lenguas y dialectos batúes de la zona “Mosi-oa-Tunya” que significa “el humo que truena”. Efectivamente, el ruido es ensordecedor, el que produce un río – el Zambezi - de más de mil seiscientos metros de ancho en aquella parte, que se desploma ciento ocho metros, levantando con su caída una densa nube de agua. Yo ya las conocía, aunque mejor será decir que había estado allí, porque eran las temporadas de las lluvias y – aparte de una inmensa masa de agua flotante que te cegaba y un ruido como salido del averno - no había conseguido ver nada. Eso sí, me había puesto como una sopa a pesar del impermeable.

Ahora era distinto. El agua también te llegaba pero te dejaba ver el espectáculo en todo su esplendor. Nos quedamos allí, callados mucho tiempo, porque para hablar había que hacerlo a gritos y era como romper un poco el encanto. La gente hacía fotos, con las cámaras chorreando.

Se empezó a hacer de noche y decidimos volver al hotel. Regresaríamos al día siguiente por la mañana, para ver otra perspectiva.

Durante la cena, en los jardines, ya vimos que la pareja de la tarde se había instalado y que casualmente se habían situado en una mesa cerca de nosotros, o nosotros de ellos, porque cuando me di cuenta estábamos todos sentados. La cara de él me era familiar… y aunque no hablaban casi, hubo un momento en que dijeron algo. ¡Eran españoles…! Enseguida me acorde de quien era él. Un empresario muy conocido. Yo lo había tratado un poco cuando trabajaba en Madrid. El no podía acordarse de mí, pero yo sí de él, porque no solía ver a gente de esa muy a menudo. Se le veía aburrido y fastidiado. La damisela no debía de ser muy interesante fuera de la cama y puede que dentro tampoco. Era muy bonita pero tenía cara de simple. ¡Sólo le hubiera faltado que lo descubrieran allí! Hoy me hubieran dado una fortuna por unas fotos de ellos. Luego he tenido oportunidad de volver a verla a ella en algún programa de televisión.

En ese momento estaban ofreciendo un “show”. Danzas tribales en donde las mujeres, por orden de la ministra de turismo, tenían que llevar sujetadores. Lamentable. Y se habían puesto de esos de “todo a cien”. Al terminar, comenzó la música.

Durante los viajes, Jane solía llamar todas las noches a casa de sus padres. Su madre no andaba muy bien. Cuando terminamos de cenar, Daisy quiso bailar un poco. Jane se fue entonces a telefonear. A mi el baile me hacía sentir muy ridículo, pero por darle gusto la saqué. Afortunadamente pusieron música lenta. Daisy se me pegó mucho. Me quedaba un poco baja y por encima de su cabeza veía a los españoles, que nos miraban. Estábamos solos en la pista y la gente debió de pensar que éramos parte del espectáculo. Porque, curiosamente, en Africa, las manifestaciones públicas de afecto entre personas de distintas razas se ven poco. Para equilibrar las alturas, la agarré en brazos y bailé con ella así. Me abrazó y puso su boca en mi cuello. Entonces se le cayeron los zapatos. Primero uno e, instantes después, el otro. Un camarero los retiró. Ahora si que nos miraban todos. Pocos después, Daisy, que se estaba mostrando como una gran exhibicionista, me volvió a dar otro beso como el de Hwange, pero más largo.

Acabó la pieza. La dejé en el suelo y la gente comenzó a aplaudir. El camarero se agachó y le puso los zapatos, no sin toquetearle bien las piernas antes. Después de eso, tenía que ser generoso. Saqué 50 dólares y se los di al chico, que los miró espantado. El empresario, a pesar de su enorme fortuna, seguro que no habría dado una propina así. A veces hay que invertir en imagen. Nos sentamos. La moza del millonario se dirigió a nosotros en inglés. Lo hacía bastante bien y yo procuré sacar acento americano, ya que el de ella era – aunque españolizado –tirando a escocés. Nos preguntó si trabajábamos en el cine.

- “Aquí estamos todos de incógnito, y creo que Vds., también” -respondí

El hombre – que no había abierto el pico - debió entenderlo, porque se pegó un trago de whisky con un trozo de hielo enorme. Luego no sabía que hacer con él en la boca. Lo masticó haciendo bastante ruido. Intercambiamos algunas otras frases corteses, pero no dio tiempo a mucho más.

Porque segundos después Jane volvió llorando. Su madre estaba hospitalizada y el desenlace era cuestión de horas… Nos marcharíamos a Sheffield en cuanto pudiéramos cambiar los vuelos. No sabíamos que podría pasar con Daisy, que no tenía visado para el Reino Unido. O no sabíamos si lo necesitaba, pero lo peor que podría ocurrir es que se quedara confinada en el hotel del aeropuerto, en la zona de tránsito.

Me fui a ver al recepcionista de la tarde. Noté que ya se había enterado de lo de los cincuenta dólares. Esas noticias vuelan.

- “Vd. parece un hombre de recursos. Necesito que llame al agente de viajes más próximo. Que venga lo más rápidamente posible.”
- "Estará durmiendo, señor… "– respondió

- "Eso es lo que debe hacer la gente decente y trabajadora. Estar durmiendo a estas horas. ¿Cuánto tardará en llegar?"

- "Unos treinta minutos..."

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16 Agosto 2005

LLEGADA AL HOTEL VICTORIA FALLS

Cuando llegamos al Victoria Falls Hotel no encontraban nuestra reserva. Si no estás acostumbrado a cómo funcionan las cosas en Africa, me hubiera preocupado, pero sabía que ese día había mucha gente y que el recepcionista había debido de dejarla aparcada para dársela a otro que le hubiera prometido una buena propina. Eso lo había hecho yo muchas veces, pero en esa ocasión había formalizado mi reserva en una agencia, tenía el papel y no me daba la gana de soltar pasta por recobrar mis derechos. Era temporada alta, la de “invierno”, la seca, la adecuada para mejor ver las cataratas.

- “Pues llame al Director inmediatamente” – le espeté
- "El Director está en este momento muy ocupado."
- "Pues dígale que se desocupe con la celeridad del rayo, amigo, porque si no aquí va a haber un problema muy gordo. Y le va a estallar a Vd. en la cara, si no viene él."
Entró y a los cinco minutos salió.
- "Perdone, señor, ha habido un error… su reserva está en regla. Una triple,¿no?"-
- "Exactamente, “my friend”. Una triple."
- "Se la he dado de las laterales, son más tranquilas."

Hubo una rápida mirada de connivencia con una pareja que había sentada en el hall, tomando unos whiskies. Él, como de sesenta y cinco años y ella, de veintitantos . ¡Mala suerte esta vez! Yo los miré y él giró la cabeza para otro lado.

Subimos a la habitación y tras darle una buena propina al que nos acompañó con los bártulos, dejamos nuestros enseres personales sobre una mesita. Vi una cama inmensa y otra pequeñita, como de niños. Pero allí no hacía precisamente frío.

- "¿Queréis un refresco?" – dijeron que sí.

- "Yo me adelanto y voy pidiendo..." No quería perderme lo que pasaba con la pareja. Cuando bajé, todavía estaban allí, con parte de sus cosas.

Pedí unas bebidas, las chicas llegaron y vi a Jane exultante.

- "¡Esto es maravilloso! He abierto el balcón y la selva está al alcance de la mano. Árboles por todas partes."
- "¿Qué has hecho queeee?"

- “Abrir el balcón”

Me acorde de mis efectos personales. Le arranqué la llave de la mano y subí al piso de arriba como un correcaminos, saltando los escalones de seis en seis. La gente se apartaba asustada. Abrí la puerta.... muy despacio. Lo que me imaginaba. La habitación estaba llena de monos. Y uno de ellos tenía agarrada mi cartera de mano, donde estaban los pasaportes, los billetes, los visados, las “vacunas”, las tarjetas de crédito y unos cinco mil dólares, a punto de saltar por la ventana y perderse para siempre.

Me quedé paralizado por el terror. Quieto como una estatua. Nadie es más rápido que un mono. Estuve un minuto así, durante el cual desfilaron por mi mente todas las consecuencias que nos acarrearía esa pérdida. Un minuto que me pareció una hora. Finalmente se produjo el milagro… Daisy había comprado galletas, dulces y dátiles en el bar de Hwange y el mono consideró que ese botín era más interesante. Soltó la bolsa de piel, cogió la de plástico y se fue al árbol. No obstante, el peligro no había pasado todavía. Quedaban otros cinco o seis monos dentro… El crujir de las galletas en la boca del primero atrajo la atención de los demás… que fueron a disputarle la presa. El último, antes de saltar fuera, agarró una bolsa de Jane y se la llevó. Respiré y cerré el balcón. Cogí mi cartera.

Cuando bajé, el sudor corría por mi frente y empapaba mi camisa.
- "¿Qué ha pasado?" – preguntó Jane

- “Pues que han robado las galletas de Daisy y tus tampones, esos que tanto trabajo nos costó encontrar.”
No entendían nada.
- “Anda vamos a ver las cataratas antes de que se haga de noche”, les dije.
- “Por el camino os lo contaré”.

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15 Agosto 2005

¡VOTOS PARA MARGARITA! (Artilugios)

Las prisas a las que te somete la semana cuando se esta acabando, las dudas sobre cómo planificar un puente en el que socialmente estás obligado a descansar, cuando no estás cansado, el hecho de herir involuntariamente a personas por las que sientes un gran cariño, personas de aquí dentro, de La Coctelera, no me hicieron pensar en lo injustos que estamos siendo contigo, Margarita.

No importa que me compararas con el tal Fabio, una especie de Pocholo de tres al cuarto, probablemente también “tartaja”, con melena de peluquería y músculos de diseño y anabolizantes, que no te resistirían un asalto en un ring (bueno, que ni se meterían), que se acojonan cuando alguien les pone una navaja en su bonita cara y que – cuando lo sometes al más profundo reto – el de la inteligencia, salen con el rabo entre las piernas… (lo del rabo no es “etimológico”, como dices tú)… todo eso, Margarita, no me ha molestado. Me suelo encontrar tipos de esos en mi vida diaria y te aseguro que no son competencia, porque les falta lo más importante, aparte de materia gris: el saber mirar en el interior de las personas.

Yo he mirado dentro de ti, Margarita, y he leído una llamada de socorro, no a mí, sino a toda La Coctelera. Tienes en tu contra el salir en los anuncios. Se me antoja que sois como esos chicos-ejemplo que te ponían en el colegio y a los que después todos gastábamos putadas. Los pobres no tenían la culpa, pero la verdad es que los responsables de la institución educativa les hacían un flaco favor.

Yo te he leído desde antes de ver que también salías en la publicidad. Y me gustó tu incansable trabajo de investigación, a diferencia de lo que me pasó con otros, que deberían quitar sus estadísticas de sus páginas para que la gente no se dieran cuenta – como ya ha pasado - de que, en la realidad, las “1000 visitas” tienen que ser divididas por 25.

Pero no se trata ahora de promover que te lean a tí o que me lean a mí. Se trata de que si somos de la Coctelera, joder, vamos a votar para que salga uno de la Coctelera, el que más nos guste de los que se presentan. Yo hasta ahora, sólo te he detectado a ti, pero si hay más “cocteleros”, pienso que Ricardo – que me parece un tío genial que ha montado uno de los mejores inventos blogueros del mundo – debería hacérnoslo saber, y promover el voto. La campaña electoral es lícita, es aceptada y si se hace no en pro de un individuo sino en pro de una comunidad, como es la nuestra, puede tener mejor acogida que los anuncios de los que he hablado antes, y que creo que a ti te están perjudicando en esto del voto.

Yo voy a apostar por Margarita todos los días. En todas las categorías. Y si hay alguno más que me guste, por él también ¡Ahora mismo Artilugios está el cuarto en "Ciencia y Tecnología”!. ¡Vamos, un empujoncito! Y pido solidaridad y unos cuantos segundos de vuestro tiempo para tratar de que gane uno de la tribu. Una vez hecho el registro, que es fácil, después todo es coser y cantar. Yo me iré pronto, pero vosotros os quedáis, y lo que es bueno para el grupo es bueno para cada uno de sus componentes.

Y con respecto a lo que dice Margarita sobre mí, hay una cosa en la que tengo que darle la razón. Siento debilidad por las mujeres, como me imagino que le pasará a la mayoría de los varones cocteleros, a los que pido perdón por no dedicarme demasiado en ellos, aunque diré en mi descargo que los leo bastante. Pero ya las damas suplen con creces este fallo mío.

Y, bueno, Margarita, al releer esto veo que he sido un poco mentiroso. La verdad es que hubiera preferido que me compararas con Quasimodo. ¡No sabes lo que me ha jodido lo de Fabio!

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El lado oscuro de las cosas

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Creo que a estas alturas, si hay alguien interesado en saber como soy, ya hay material suficiente para que lo averigüe. (No es que considere que esto tenga algún valor, pero como forma parte de mi vida y he visto que algunas partes se han empezado a reproducir en algún otro sitio, lo que ya se ha solucionado, quiero indicar que los textos, no las imágenes, están inscritos en el Registro de la Propiedad Intelectual.)

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