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La Coctelera

El lado oscuro de las cosas

23 Agosto 2005

MISIÓN CUMPLIDA

El embarazo simultáneo de Jane y Daisy puso punto final a mi participación biológica en el “proyecto”, que ahora serían dos. Ya mi función reproductora había terminado y, ahora, lo prioritario era dedicarse a que todo discurriera sin problemas. Volví a contactar con Laura, que se había mantenido muy al margen.

Pero Laura era sólo una amiga y lo sabía. No quería perder su independencia, su libertad. Yo creo que no quería hacerse ilusiones y sufrir. No obstante, mientras estaba con ella, me sentía muy bien. Pero mi amor por las chicas era más fuerte que nunca. Y ahora que llevaban un hijo mío, mucho más. Se lo conté a Laura y lo comprendió. Hay cosas contra las que no se puede luchar.

Jane aceptaba bien lo de Laura. Pero creo que exteriormente. Un día me preguntó. ¿La quieres?
Jane, yo sólo os quiero a ti y a Daisy. Quizás la imposibilidad de tener a la primera hiciera que inconscientemente la priorizara. Porque sabía que la segunda estaba a mi disposición en cuanto yo quisiera. Pero no traicionaría a Jane.

Aún no me explico porque nuestra relación sexual no siguió. Pienso que Jane se encontraba en desventaja frente a la poderosa Daisy, que era una máquina de hacer el amor. Ella era más frágil, más delicada y su papel dominante quedaba en entredicho. Había perdido seguridad en si misma y se le veía como más sumisa y dominada. Quizás hubiera podido hacer que me aceptara…. Pero no quería eso, tenía que desearme y buscarme ella. Y no lo hizo. Además, con sus embarazos, la sexualidad de ambas pasó a un segundo plano. Estaban más atentas a sus barrigas que a cualquier otra cosa. Y se dedicaron a decorar una habitación, a mirar cunas, ropita y cosas así.

Pasaron los meses y… tuvimos dos niñas. Una blanquita y otra de color chocolate con leche. Ya hablé de ellas… Y de sus nombres… Daisy la primera y Jane la segunda. Fue un escándalo social larvado y la gente me miraba por la calle con una mezcla de reprobación y envidia. Pero nadie me decía nada porque sabían que ya había pegado un par de “cortes” bastante sonados.

Los negocios marchaban cada vez mejor. Pasaron meses y años. En ese período nos marchamos de Madrid y nos instalamos en una ciudad costera. El boom inmobiliario nos permitió progresar y un par de años después aconsejé a Laura, de la que ya andaba bastante desconectado, que se viniera. Sus servicios estaban siendo muy demandados por residentes extranjeros. Ella hablaba inglés muy bien y eso le abrió las puertas de forma inmediata.
Pero mi actividad me hacía tener que relacionarme con mucha gente. Almuerzos, cenas, cócteles, lo indecible… A mi aquello no me gustaba nada. Y menos aún al ver como, cuando llevaba a Jane y Daisy, éstas eran discriminadas. No es que les dijeran nada, es que se hacía un vacío tremendo a su alrededor.
Al propio tiempo, padres con niñas casaderas, solteras en busca de marido, aventurerillas de la Costa y demás fauna se me acercaban. Yo procuraba disminuir al máximo mi actividad “de alto riesgo” y salir con mujeres menos peligrosas, en el sentido que yo daba a mis palabras. Me empecé a relacionar con alguna que otra casada, en unos encuentros que no me quitaban mucho tiempo ni ponían en riesgo mi libertad, pero que eran estimulantes porque a través de las carencias de las esposas conocías a sus maridos. La mayor parte de ellas, para quitar importancia a su comportamiento me contaban lo que hacían la mayor parte de sus amigas, con lo que me fui enterando de cómo funcionaba aquel mundo de hipocresía.
A veces la infidelidad se producía por razones muy comprensibles. Una se me acercó con el exclusivo objetivo de saber si su anorgasmia era curable. No quería ir al médico y sacó la conversación un día que coincidí con ella en la calle y la invité a tomar un café. Le dije que eso tendríamos que hablarlo en un lugar más tranquilo – no en una cafetería - con más tiempo, tras haber obtenido su total confianza, y con un grado de complicidad entre ambos que eliminara cualquier tipo de barrera. Me entendió perfectamente y sus constantes vitales se alteraron. No sé que tiene el adulterio, pero la propia palabra excita. Le cogí la mano y le dije que no se preocupara. Me acababa de dar cuenta de que no tenía ningún problema.

- "¿Qué tienes que hacer ahora?" – me preguntó con voz trémula y ronca.

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Creo que a estas alturas, si hay alguien interesado en saber como soy, ya hay material suficiente para que lo averigüe. (No es que considere que esto tenga algún valor, pero como forma parte de mi vida y he visto que algunas partes se han empezado a reproducir en algún otro sitio, lo que ya se ha solucionado, quiero indicar que los textos, no las imágenes, están inscritos en el Registro de la Propiedad Intelectual.)

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