MISIÓN CUMPLIDA

Pero Laura era sólo una amiga y lo sabía. No quería perder su independencia, su libertad. Yo creo que no quería hacerse ilusiones y sufrir. No obstante, mientras estaba con ella, me sentía muy bien. Pero mi amor por las chicas era más fuerte que nunca. Y ahora que llevaban un hijo mío, mucho más. Se lo conté a Laura y lo comprendió. Hay cosas contra las que no se puede luchar.
Jane aceptaba bien lo de Laura. Pero creo que exteriormente. Un día me preguntó. ¿La quieres?
Jane, yo sólo os quiero a ti y a Daisy. Quizás la imposibilidad de tener a la primera hiciera que inconscientemente la priorizara. Porque sabía que la segunda estaba a mi disposición en cuanto yo quisiera. Pero no traicionaría a Jane.
Aún no me explico porque nuestra relación sexual no siguió. Pienso que Jane se encontraba en desventaja frente a la poderosa Daisy, que era una máquina de hacer el amor. Ella era más frágil, más delicada y su papel dominante quedaba en entredicho. Había perdido seguridad en si misma y se le veía como más sumisa y dominada. Quizás hubiera podido hacer que me aceptara…. Pero no quería eso, tenía que desearme y buscarme ella. Y no lo hizo. Además, con sus embarazos, la sexualidad de ambas pasó a un segundo plano. Estaban más atentas a sus barrigas que a cualquier otra cosa. Y se dedicaron a decorar una habitación, a mirar cunas, ropita y cosas así.
Pasaron los meses y… tuvimos dos niñas. Una blanquita y otra de color chocolate con leche. Ya hablé de ellas… Y de sus nombres… Daisy la primera y Jane la segunda. Fue un escándalo social larvado y la gente me miraba por la calle con una mezcla de reprobación y envidia. Pero nadie me decía nada porque sabían que ya había pegado un par de “cortes” bastante sonados.
Los negocios marchaban cada vez mejor. Pasaron meses y años. En ese período nos marchamos de Madrid y nos instalamos en una ciudad costera. El boom inmobiliario nos permitió progresar y un par de años después aconsejé a Laura, de la que ya andaba bastante desconectado, que se viniera. Sus servicios estaban siendo muy demandados por residentes extranjeros. Ella hablaba inglés muy bien y eso le abrió las puertas de forma inmediata.
Pero mi actividad me hacía tener que relacionarme con mucha gente. Almuerzos, cenas, cócteles, lo indecible… A mi aquello no me gustaba nada. Y menos aún al ver como, cuando llevaba a Jane y Daisy, éstas eran discriminadas. No es que les dijeran nada, es que se hacía un vacío tremendo a su alrededor.
Al propio tiempo, padres con niñas casaderas, solteras en busca de marido, aventurerillas de la Costa y demás fauna se me acercaban. Yo procuraba disminuir al máximo mi actividad “de alto riesgo” y salir con mujeres menos peligrosas, en el sentido que yo daba a mis palabras. Me empecé a relacionar con alguna que otra casada, en unos encuentros que no me quitaban mucho tiempo ni ponían en riesgo mi libertad, pero que eran estimulantes porque a través de las carencias de las esposas conocías a sus maridos. La mayor parte de ellas, para quitar importancia a su comportamiento me contaban lo que hacían la mayor parte de sus amigas, con lo que me fui enterando de cómo funcionaba aquel mundo de hipocresía.
A veces la infidelidad se producía por razones muy comprensibles. Una se me acercó con el exclusivo objetivo de saber si su anorgasmia era curable. No quería ir al médico y sacó la conversación un día que coincidí con ella en la calle y la invité a tomar un café. Le dije que eso tendríamos que hablarlo en un lugar más tranquilo – no en una cafetería - con más tiempo, tras haber obtenido su total confianza, y con un grado de complicidad entre ambos que eliminara cualquier tipo de barrera. Me entendió perfectamente y sus constantes vitales se alteraron. No sé que tiene el adulterio, pero la propia palabra excita. Le cogí la mano y le dije que no se preocupara. Me acababa de dar cuenta de que no tenía ningún problema.
- "¿Qué tienes que hacer ahora?" – me preguntó con voz trémula y ronca.
