Había hecho el esquema de los tres últimos post de mi interminable historia y se supone que los debería haber publicado ya, con lo que mi participación en este interesante mundo bloguero se habría acabado. En estos momentos, mi dedicación a un nuevo propósito es total y absorbe casi todo mi tiempo, a excepción del que dedico a pensar en gente de aquí dentro. En gente “virtual”, pero que sin embargo existe, siente, piensa, quiere y sufre. He leído lo que iba a publicar y no me siento inclinado a hacerlo hoy, porque en estos momentos mi acelerado ritmo me crea un conflicto con el lento desgranar de mi pasado. Sólo el hecho de haber dispuesto de tiempo libre en exceso puede haber propiciado que me haya extendido en detalles de mi vida que nunca creí que siquiera iba a recordar.

Pero los sentimientos generados en este tiempo permanecen y han pasado del mundo virtual al real, originándose hechos que sólo suceden en el primero.

Esta tarde, cuando me refrescaba en el mar, después de un día agotador pero satisfactorio, en el que las pasiones del espíritu han sido las protagonistas, una ola extraña, que desde hacía rato veía acercarse por el horizonte, ha llegado hasta mis pies con dulce mansedumbre y ha hecho un dibujo en la arena. Yo me he acercado y una fuerza surgida de mi interior ha hecho que junto a él, hiciera con mi dedo un trazo similar. La ola, que esperaba formando remolinos, ha recogido la imagen resultante y se la ha llevado.

Me perdonaréis que mañana siga con mi vida. Pero es que quiero echar pronto el telón.

¿O es que a lo mejor no quiero?