LAS PIERNAS DE LAURA

Tres meses después de volver a España, nuestra situación era bastante apurada. La gente que yo conocía, los que pensaban que me podían ayudar, me dieron de lado. Finalmente había encontrado un trabajo de “gerente” en una empresa cuyo dueño, un patán con pasta, era quien realmente la dirigía. Lo hacía francamente mal, lo que estaba llevando a la empresa a la ruina y, con ella, mi “prestigio” detrás. Jane trabajaba como profesora de inglés y Daisy no hacía nada. Limpiaba la casa que yo tenía en Madrid y en la que estábamos viviendo. El tema de la tensión sexual entre nosotros se había diluido porque yo había conocido a Laura, a la que veía de vez en cuando. Ni ella ni yo necesitábamos más.
A Laura la conocí por motivos de trabajo. Era y es auditora y asesora fiscal. Una mujer “compacta”, de piernas y brazos gruesos, pecho generoso y bastante acomplejada a pesar de ser muy atractiva. Miope, lo que resulta una ventaja, porque cuando le quitas las gafas ya sólo te puede prestar atención a ti. Llevaba un régimen espartano, a base de verduras y pescado, lo que la mantenía delgada dentro de su corpulencia. Llevaba las faldas muy largas para disimular unas pantorrillas gruesas, pero muy apetecibles. Muy introvertida, cohibida y que huía y desconfiaba de los hombres. Aunque pensaba que su aspecto físico no debía ser la única causa de sus problemas. Tenía que haber algo más.
Nos hicimos bastante amigos y tomábamos café juntos con bastante frecuencia. Un día, en su oficina, entre mi forzada abstinencia y que estaba particularmente guapa, me fijé demasiado en ella. Estábamos solos.
- "¿Por qué me miras las piernas?" – Me preguntó – "Ya sé que son horribles."
- "¿Horribles? Te las estoy mirando porque me atraen como un imán. Creo que son irresistibles y no sé por qué te las tapas."
- “Por favor, no me tomes el pelo…”
- "¿Tomarte el pelo..? no sabes como estoy de excitado…"
Le tomé la mano y la puse en mi pantalón. Entonces empezó a tomar el asunto en serio.
- "Déjame que vea tus piernas, por favor." Me incliné y le levanté la falda un poco por encima de las rodillas. Las besé. No llevaba medias y eran muy lisas. Tenían un color dorado y estaban llenas de bellas pequitas, igual que sus brazos y su cara.
- "No, por favor…"
Quise seguir pero no me dejó…
Nos sentamos en el sofá.
- "Mira" – me contó – "suelo tener fuertes dolores después del orgasmo. Tras llegar a él no puedo seguir con la relación. Y eso me retrae tanto que ya casi nunca lo alcanzo. Hace un año desde mi último intento... Y no soporto que me toquen, ni con la mano ni con nada. Me dan calambres. Sólo tolero el miembro del hombre dentro mientras tengo deseo. Después, ya no puedo."
Siempre he pensado lo estúpidos que son esos que dicen que son “expertos en mujeres”. Cada una es diferente y lo que vale con una, no sirve para otra. La única forma de conocerlas es hablar, conseguir que te cuenten su forma de ser y después, con suma cautela, explorar. Además, cuando hay problemas no te los dicen de buenas a primeras. Es necesario tiempo y paciencia. Nuestra relación de amistad ya estaba madura para eso.
- "¿Qué te parecería si probásemos?" pregunté
Me miró indecisa…
- "Mira, sólo intentar… Pararemos en el instante en que tú lo digas."
Siguió sin darme una respuesta….
- "¿Te puedo besar el pecho?"
- "Si, me encanta..."
- ¿Y los labios…?
- “Prueba, a ver…” – dijo sonriendo.
Ya estaba con los motores en marcha…
La besé… me respondió con un ardor inesperado. Con unas ansias infinitas, con un hambre animal, salvaje. Esa sensación la conocía yo. La experimentaba a veces. La experimentaba en ese momento. Pero no quise ser demasiado brusco, no se fuera a retraer.
Desabroché su blusa.
- “Espera, que abro el sofá-cama.”
Yo ya he dicho anteriormente que soy bastante lento. La causa es una operación de fimosis que me hicieron de pequeño, una circuncisión completa. Eso me dejó un poco insensible y hace que mis orgasmos sean más fruto de la pasión y de la necesidad que del contacto físico. Solía pensar que era más una ventaja que un inconveniente pero, en este caso, resultaba un problema. Me acordé de Gillette.
La besé durante un buen rato, en la boca, en el cuello, por encima de la cintura, hasta que ya no pudo más.
- “Me imagino que preferirás ponerte tu encima, ¿no?. – le pregunté – Así te podrás retirar cuando lo desees. Y no te preocupes por mí. Ahora quiero que me des tu orgasmo. Por favor, concéntrate sólo en eso.”
Tardó unos diez minutos y pareció bastante bueno…Al finalizar, se tumbó de espaldas…
- ¿Y tú? – preguntó entre jadeos.
- "No te preocupes por mí.. Vamos a hablar un poco."
- "¿Has tenido alguna vez dos orgasmos en una sola sesión?" - le pregunté.
- "No, no podría…"
- "¿Y durante cuanto tiempo te duele?"
- "Una media hora."
- "¿Te puedo besar de nuevo ahora? ¿te molesta?"
- "No, hazlo."
La besé dulcemente, por toda su parte superior. Incluso llegué hasta su abdomen… pero no seguí. Efectivamente, a eso de la media hora me dijo “Prueba a ver si me duele”.
Me coloqué sobre ella y fui entrando muy despacio…
- ¿Te duele? – pregunté
- “No”, susurró, “sigue todo el tiempo que quieras... pero ahora tú sólo.”
Me inundó una sensación nueva. Siempre había sentido el acto amoroso como algo compartido. Ahora ella estaba allí, dándome calor y placer. observándome y analizando mis reacciones. Podía abandonarme y despreocuparme… y eso hice, hasta alcanzar uno de los orgasmos más fuertes que recuerdo.

Rosaluz dijo
Hoy has escrito mucho. Esto es fuerte, pero como una lección inetresante.
16 Agosto 2005 | 10:05 PM