EL HUMO QUE TRUENA

Ahora era distinto. El agua también te llegaba pero te dejaba ver el espectáculo en todo su esplendor. Nos quedamos allí, callados mucho tiempo, porque para hablar había que hacerlo a gritos y era como romper un poco el encanto. La gente hacía fotos, con las cámaras chorreando.
Se empezó a hacer de noche y decidimos volver al hotel. Regresaríamos al día siguiente por la mañana, para ver otra perspectiva.
Durante la cena, en los jardines, ya vimos que la pareja de la tarde se había instalado y que casualmente se habían situado en una mesa cerca de nosotros, o nosotros de ellos, porque cuando me di cuenta estábamos todos sentados. La cara de él me era familiar… y aunque no hablaban casi, hubo un momento en que dijeron algo. ¡Eran españoles…! Enseguida me acorde de quien era él. Un empresario muy conocido. Yo lo había tratado un poco cuando trabajaba en Madrid. El no podía acordarse de mí, pero yo sí de él, porque no solía ver a gente de esa muy a menudo. Se le veía aburrido y fastidiado. La damisela no debía de ser muy interesante fuera de la cama y puede que dentro tampoco. Era muy bonita pero tenía cara de simple. ¡Sólo le hubiera faltado que lo descubrieran allí! Hoy me hubieran dado una fortuna por unas fotos de ellos. Luego he tenido oportunidad de volver a verla a ella en algún programa de televisión.
En ese momento estaban ofreciendo un “show”. Danzas tribales en donde las mujeres, por orden de la ministra de turismo, tenían que llevar sujetadores. Lamentable. Y se habían puesto de esos de “todo a cien”. Al terminar, comenzó la música.
Durante los viajes, Jane solía llamar todas las noches a casa de sus padres. Su madre no andaba muy bien. Cuando terminamos de cenar, Daisy quiso bailar un poco. Jane se fue entonces a telefonear. A mi el baile me hacía sentir muy ridículo, pero por darle gusto la saqué. Afortunadamente pusieron música lenta. Daisy se me pegó mucho. Me quedaba un poco baja y por encima de su cabeza veía a los españoles, que nos miraban. Estábamos solos en la pista y la gente debió de pensar que éramos parte del espectáculo. Porque, curiosamente, en Africa, las manifestaciones públicas de afecto entre personas de distintas razas se ven poco. Para equilibrar las alturas, la agarré en brazos y bailé con ella así. Me abrazó y puso su boca en mi cuello. Entonces se le cayeron los zapatos. Primero uno e, instantes después, el otro. Un camarero los retiró. Ahora si que nos miraban todos. Pocos después, Daisy, que se estaba mostrando como una gran exhibicionista, me volvió a dar otro beso como el de Hwange, pero más largo.
Acabó la pieza. La dejé en el suelo y la gente comenzó a aplaudir. El camarero se agachó y le puso los zapatos, no sin toquetearle bien las piernas antes. Después de eso, tenía que ser generoso. Saqué 50 dólares y se los di al chico, que los miró espantado. El empresario, a pesar de su enorme fortuna, seguro que no habría dado una propina así. A veces hay que invertir en imagen. Nos sentamos. La moza del millonario se dirigió a nosotros en inglés. Lo hacía bastante bien y yo procuré sacar acento americano, ya que el de ella era – aunque españolizado –tirando a escocés. Nos preguntó si trabajábamos en el cine.
- “Aquí estamos todos de incógnito, y creo que Vds., también” -respondí
El hombre – que no había abierto el pico - debió entenderlo, porque se pegó un trago de whisky con un trozo de hielo enorme. Luego no sabía que hacer con él en la boca. Lo masticó haciendo bastante ruido. Intercambiamos algunas otras frases corteses, pero no dio tiempo a mucho más.
Porque segundos después Jane volvió llorando. Su madre estaba hospitalizada y el desenlace era cuestión de horas… Nos marcharíamos a Sheffield en cuanto pudiéramos cambiar los vuelos. No sabíamos que podría pasar con Daisy, que no tenía visado para el Reino Unido. O no sabíamos si lo necesitaba, pero lo peor que podría ocurrir es que se quedara confinada en el hotel del aeropuerto, en la zona de tránsito.
Me fui a ver al recepcionista de la tarde. Noté que ya se había enterado de lo de los cincuenta dólares. Esas noticias vuelan.
- “Vd. parece un hombre de recursos. Necesito que llame al agente de viajes más próximo. Que venga lo más rápidamente posible.”
- "Estará durmiendo, señor… "– respondió
- "Eso es lo que debe hacer la gente decente y trabajadora. Estar durmiendo a estas horas. ¿Cuánto tardará en llegar?"
- "Unos treinta minutos..."

Rosaluz dijo
Yo queiro visitar Victoria Falls el año que viene
16 Agosto 2005 | 06:19 PM