Estoy seguro que La Fulana piensa, si es que alguna vez se ha dignado reparar en mí, que soy un cabrón machista exhibicionista capitalista. Y puede que no le falte razón, ya que mi machismo se manifiesta en que idolatro a las mujeres. Por otro lado estoy contando cosas de mi vida que a nadie le importan y, para colmo, creo en la libre empresa. Pero esto último no me priva de llamar explotadores a los que lo son. Y soy empresario porque me echaban de todos lados. Bueno, del último me fui yo junto con cuarenta personas despedidas por regulación de empleo, por ser “demasiado viejos”. ¿Quiere esto decir que soy un buen tipo? No, confieso que soy un cabrón. Esas personas eran lo más valioso que tenía el imbécil que las despidió y nos confabulamos para hundirle. Yo vendí mi casa para montar la empresa y luego la volví a comprar, por más del doble. Después le vendí la empresa a los 40 magníficos y monté otra. De alguna forma había explotado sus conocimientos y su entusiasmo. Por eso les debía el convertirlos a ellos también en empresarios.

Pero, con independencia de todo lo que ella pueda pensar de mí, veo el enorme mérito y constancia de La Fulana. Es un referente de La Coctelera, que – sin ella – sería una “coctelera” diferente. Nos alegra las mañanas, las tardes y las noches. Escribiendo, claro. A veces nos da noticias y a veces nos da una parte de ella. Y a mi me encanta cuando detecto que lo que publica ha salido de lo más íntimo de su alma.