EL RESPETABLE NEGOCIO DE LA PORNOGRAFÍA

Vendría a la semana siguiente.
Yo empecé a despedirme de mis antiguas amigas. La mayor parte huían de mí como de la peste. Se había sabido el último episodio de la granja y, con él, muchas más cosas. Además, la mayor parte averiguaron con ese motivo en qué había trabajado yo. Mi amigo, el diplomático, ya me había dicho al principio que era mejor que no dijera nada. Cuando le preguntaban a él siempre respondía que las características de mis funciones no me permitían comentar ningún detalle de mi trabajo. Que no me agobiaran. Yo decía que estaba en Namibia para cazar, con lo que no mentía. Como alguna me registró la guantera del coche, donde a veces había un revólver y otras, mi bolsa de mano, en la que llevaba una semiautomática, se había corrido la voz de que era un agente secreto, lo que me había granjeado aún más admiradoras.
Las armas eran una especie de seguro de vida, ya que la pequeña mafia local me la tenía jurada porque había ayudado a asestar un duro golpe a su infame negocio de tráfico de “souvenirs”, entre los que se encontraban cuernos de rinoceronte, que pasaban a través de Botswana y que vendían a 3.000 dólares americanos. Yo había detectado que uno de los trabajadores de la granja ofrecía este tipo de productos a los clientes, y había seguido la pista hasta llegar, junto con la policía, a los “importadores”. Se había encontrado de todo, hasta un par de manos de gorila bastante antiguas y que pensaban colocar por 10.000 dólares
Mi ex-compañero de estudios, al saberlo, me había dicho: “No haces más que buscarte problemas. Ahora irán a por ti”
Efectivamente, una noche me tendieron una emboscada cuando regresaba a la granja. Iba desarmado. Abrí la puerta principal con el mando a distancia y, a un kilómetro de la misma me encontré que un vehículo desconocido, parado y vacío, cortaba la pista que conducía hasta los pabellones, situados cuatro kilómetros más adelante.
No me lo pensé dos veces y aparté el obstáculo con un fuerte golpe del “todo terreno”, que llevaba defensas a prueba de búfalos. Al llegar, desperté a dos ayudantes, cogimos rifles y volvimos al lugar. El coche había desaparecido, a pesar de que debía estar seriamente dañado. Entonces volvimos a la granja y despertamos a toda la gente que tenía llave, menos a los dueños, lógicamente. Pedí que me las enseñaran. Uno la había “perdido”.
Al amanecer, con rastreadores, confirmé que los sicarios habían esperado que me saliera de la pista para sortear el obstáculo, disminuyendo la velocidad. Eran unos chapuceros. Habían dejado numerosas pistas que, junto con la información que nos había proporcionado el trabajador de la llave antes de entregárselo a la policía, sirvió para encerrar a más gente. El coche, un Toyota robado, había sido remolcado y despeñado a diez kilómetros de allí, en la carretera.
A partir de aquel momento, ya volvía siempre de día. Pero no sé si era peor, porque a sesenta kilómetros por hora ofrecía un blanco perfecto para un buen tirador. Siempre andaba con los prismáticos en busca de “furtivos”.
Al enterarse la multicolor “beautiful people” de Windhoek, como consecuencia del escándalo de Mrs. Parker, de que era un guía de caza, me dieron totalmente de lado, con lo que experimenté muy de cerca el rechazo y la discriminación. Jane y Daisy sufrían esta pesadilla desde hacía mucho tiempo, y sólo por una leve sospecha, ya que de haberse sabido de forma cierta podían haber sido arrestadas. No hacía mucho, el Ministro del Interior, Jerry Ekandjo, había alentado a 700 oficiales de policías recién graduados a “eliminar a los homosexuales de la faz de Namibia”. Fue notorio lo que dijo al ser acusado por la BBC de homófobo: “Yo no discrimino a los gays y lesbianas de Namibia por una razón muy simple. ¡No hay ninguno!”
Daisy lo hubiera pasado peor, porque era del país. La homosexualidad era cosa de extranjeros. Jane hubiera sido tratada como una pervertidora de las costumbres nacionales y probablemente sólo expulsada. Mi frecuente presencia en la casa había estado disimulando esta situación y la policía no sabía muy bien con cual me acostaba o si me acostaba con las dos. Eso era perfectamente aceptable en una cultura donde es frecuente la poligamia.
Al empezarme a pesar la soledad, me acordé entonces de una chiquita. La primera mujer con la que había mantenido relaciones al llegar a Namibia. Su padre, de la etnia owambo, le había puesto el nombre de Gillette, como las cuchillas de afeitar. Siempre le había gustado ese nombre para una hija. Yo nunca había estado con una mujer de color y tenía muchas ganas de hacerlo. De pequeño había leído “En busca del Unicornio”, en donde se decía que las africanas “tienen sus partes más duras y más calientes”. Gillette estaba muy dura toda ella y muy caliente, pero la particularidad que le noté es que había desarrollado una forma especial de apretar los músculos de la vagina, con lo que te proporcionaba un placer intensísimo y te hacía eyacular cuando a ella le parecía. Si se hartaba, o tenía prisa, te apretaba. Tú no podías hacer nada. Perdías todo el control.
La llamé y estuvo simpática. Pertenecía a otros círculos y no sabía nada de todo el embrollo, pero me dijo que no podía salir conmigo porque un contrato cinematográfico se lo impedía durante el rodaje. Se había hecho artista de cine. No obstante, me pidió el número de teléfono, lo que me extrañó.
Al día siguiente me llamó. Que había hablado con “la productora” y que necesitaban un blanco por necesidades del guión. Negros tenían muchos, pero les faltaba un “europeo”.
Enseguida me di cuenta de la clase de actriz en que se había convertido y el trabajo que me estaba proponiendo.
- “Gillette”, le dije. “Ya sabes eso de que las comparaciones son odiosas”
- “No te preocupes, Al, son todo trucos, cámaras y lentes especiales, planos muy cercanos. La realidad es diferente”
- “De todas formas, te lo agradezco mucho. El trabajo que haces es muy bonito, muy respetable y con gran futuro. Pero, sigo pensando que no estoy a la altura.”
- “Avísame cuando hagáis una película de chinos.”

Rosaluz dijo
A una amiga mía la persiguieron en Namibia por eso
8 Agosto 2005 | 02:25 AM