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La Coctelera

El lado oscuro de las cosas

1 Agosto 2005

LA COSTA DE LA SOLEDAD

A la mañana siguiente nos levantamos antes del amanecer. Había hecho bastante frío por la noche, apenas había mantas en la casa y yo me estaba helando, así que – a eso de las dos - me había metido en la cama con las dos chicas y nos habíamos dormido todos hechos un ovillo, como una camada de gatos. Ya había ocurrido antes y sabía que me tenía que estar muy quieto, o me echarían.

Desayunamos abundantemente, empaquetamos las comidas y las bebidas y nos pusimos en marcha. Íbamos a visitar la costa que hay al norte de Swakpmund, en dirección a la de los esqueletos, denominada así por la gran cantidad de restos de barcos que hay encallados en ella. Cuando salimos de la ciudad, el sol ya nos acariciaba. Desde luego que sólo íbamos a visitar una pequeña parte, porque el conjunto tiene unas 500 millas de longitud por una media de 150 millas de profundidad. Un territorio desértico de la extensión de media España. Llevábamos provisiones porque en él no hay ciudades, ni poblados, ni presumiblemente ningún lugar abierto en invierno. Nos metimos por carreteras sin asfaltar. No teníamos previsto cuanto íbamos a profundizar, pero a las tres horas de conducción, sin habernos cruzado con ningún otro ser humano, las chicas empezaron a ponerse nerviosas. Sólo había arena a ambos lados de la pista y, aunque llevábamos dos ruedas de repuesto y varios bidones de gasolina, el riesgo ya empezaba a ser considerable.

Empezamos a percibir en nuestro ánimo el peso del nombre con que dicho paraje aparece en muchos mapas, Kaokoveld, lo que en lengua “herero” significa “la costa de la soledad”.

- "¿No te sientes perdido?" – preguntó Daisy.

- “Yo es así como me siento desde hace mucho tiempo.” – respondí - “Sólo me encuentro bien cuando estoy con vosotras. Incluso cuando estaba con alguna de las visitantes de la granja, me sentía igual de solo. En estos momentos y a pesar de estar aquí, me encuentro muy acompañado”

Se quedaron calladas durante unos minutos. Torcí a la izquierda, buscando el mar. Al rato, llegamos. Daisy se puso muy contenta y se quedó en traje de baño.

- "¿Me lo puedo quitar?" –preguntó

Jane me miró esperando mi decisión. Ya me había aceptado como el “jefe de la manada”.
- “Es buena idea que te lo quites, porque luego, mojado, te va a dar mucho frío” – le dije -“y ten cuidado con las piedras”.
El cuerpo de Daisy era especial. Tenía una cintura muy estrecha que contrastaba con unas caderas estructuralmente muy amplias, redondeadas y sin nada de grasa. Sus muslos, bien torneados, descendían de esas anchas caderas armoniosamente separados, dejando entre ellos y en su parte superior, una ventanita triangular a través de la que se podía ver brillar el mar. Sus pechos, redondos y de tamaño mediano como dos frutas de pasión, se mantenían firmes, duros e inhiestos mientras correteaba por la orilla. Tenía el pelo recogido en numerosas trencitas muy finas que finalizaban en adornos de diferentes colores.

Jane se quitó también las dos piezas del bikini. Luego me miró. Como yo no hacía nada, se plantó frente a mí y me bajó muy despacio los shorts. Lo hizo flexionando las piernas hasta quedarse en cuclillas. Su pelo me rozó levemente. Yo saqué, uno tras otro, los dos pies del traje de baño. Jane se levantó entonces con la misma lentitud mientras recorría mi cuerpo con la mirada de abajo a arriba. Sabía que estaba intentando averiguar que sensaciones experimentaba al verme. Yo era la primera vez que me desnudaba delante de ellas y me sentí un poco cohibido.

Efectivamente, el agua estaba a muy pocos grados. La corriente de Benguela, cargada de ricos nutrientes y responsable de la enorme cantidad de pesca que se captura en esa región, procede del Polo Sur. No obstante, vencimos el frío y nos bañamos unos cinco minutos. Era como estar metidos en un cubo de hielo. Nos salimos y nos secamos al sol, tiritando. Habíamos dejado las toallas en el coche y nos daba pereza ir a por ellas.

Daisy se quedó dormida. Jane dibujaba rayas en la arena con un palito.

- ¿En que piensas? – le pregunté.

- "En que me he acostumbrado a ti. Bueno, en que nos hemos acostumbrado. Has sido un gran amigo, ahora eres más que eso, pero no sé exactamente qué. Si te alejaras de nosotras sería un duro golpe."

- “Yo estaba pensando lo mismo. Pero tengo que regresar a España.” - respondí.

Levantó la cabeza y me miró con angustia. Entonces me abrazó y se echó a llorar.

- “Pero no me voy a ir solo…”

- “Os vais a venir las dos conmigo.”

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K

K dijo

Me ha gustado mucho :-)

1 Agosto 2005 | 10:08 AM

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Creo que a estas alturas, si hay alguien interesado en saber como soy, ya hay material suficiente para que lo averigüe. (No es que considere que esto tenga algún valor, pero como forma parte de mi vida y he visto que algunas partes se han empezado a reproducir en algún otro sitio, lo que ya se ha solucionado, quiero indicar que los textos, no las imágenes, están inscritos en el Registro de la Propiedad Intelectual.)

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