La Cruz del Sur

Noté que se estaban cayendo muy bien.
Al llegar al hotel, no había más habitaciones. Nos dijeron que nos podrían dar una cabaña y que una de las tres personas podría dormir en el salón-comedor. Pero el dormitorio no tenía puerta. Eso sí, había aire acondicionado. Peter estaba un poco apurado, porque temía estropear nuestra “luna de miel”. Yo observé a Carla, quería conocer su reacción. Eso me daría muchas pistas sobre su forma de ser. No soporto a la gente egoísta que antepone su interés a cualquier otra cosa. Y Peter estaba necesitando mucho la compañía de amigos.
Respondió muy bien. Se rió y dijo: “Mira, así descansaré de este pesado un par de días”. Peter dijo: “Por mí no os privéis de hacer ruido. Incluso me vendrá bien, ya que cuando salgo echo mucho de menos los gritos de mi vecina.”
El dormitorio tenía una cama de “matrimonio”. La verdad es que era de medio matrimonio, o de matrimonio pequeñito. Y además sonaban los muelles del somier. Carla se tapó la boca para no soltar la carcajada. En ese momento Peter dijo: ¿Ya habéis empezado? Os recuerdo que nos esperan para cenar.”
A eso de las doce y media nos fuimos a dormir. Estábamos cansados y además al día siguiente tocarían diana temprano. Peter quiso quedarse a tomar una copa en el bar, supongo que para “darnos tiempo”. Pero lo arrastramos a la habitación entre los dos.
Nos acostamos como un matrimonio tradicional. Carla lo estaba pasando muy bien. Era la primera vez que nos íbamos a la cama sin habernos besado antes. Pero las dimensiones del “artilugio” y el desgaste de los muelles nos lanzaban el uno contra el otro. Cerré los ojos, pero al ratito no pude más y empecé a acariciarla. Me hizo un gesto diciendo que no, que me estuviera quieto. Puse mi boca en su oído y le dije: “Te voy a enseñar algo que no conoces.” La verdad es que eso no era muy difícil, ya que Carla no sabía casi nada. Pero prestó atención. “Vamos a hacer el amor sin movernos ni un milímetro. Tendrás que tener mucho autocontrol, pero verás que la naturaleza es muy sabia y que lo hace todo por ti.”
Se rió calladamente. Nos empezamos a besar, sin hacer sonar la cama. Cuando juzgué que estaba preparada comenzamos a unirnos. Muy despacito. Apenas se oía un crujido de vez en cuando, pero parecía el movimiento normal. Tardamos unos minutos en completar la operación y luego nos quedamos así, con las bocas unidas. Quietos como estatuas. Al cuarto de hora me dijo al oído que quería ponerse encima. “Si, pero nada de moverse después”. “Nooooooooo” susurró.
Minutos después noté sus primeros espasmos involuntarios. Me abrazó un poco más fuerte pero no se movió. Su cuerpo reaccionó varias veces más a lo largo de la siguiente media hora. Pero conmigo la naturaleza no se portó nada bien porque, tal y como estábamos, sin separarnos, constituidos en “una sola carne” (sentí por primera vez y con fuerza el significado de las palabras del Génesis), me quedé profundamente dormido.
Entonces, regresé al pasado. Tenía diez años. Estaba con mi madre en un prado muy verde, cuajado de amapolas. Su pelo rubio brillaba al sol y el viento agitaba su amplio vestido azul y blanco. Quise coger algunas flores para ella y me dijo que no, que estaban mejor donde Dios las había puesto. La religión y yo éramos sus únicos consuelos desde que mi padre nos había abandonado.
Mi madre era, como todas las madres, la más bella del mundo. Pero, en el caso de ella, era una preciosa mujer de treinta y dos años a cuyo paso los hombres generalmente se volvían. Se había criado en Kenia, hija de un pastor protestante y de una bondadosa ama de casa. Siempre que estábamos solos me hablaba en inglés. Me leía mucho la Biblia, me la comentaba y cuidó de mi educación durante los primeros años. Ella había estudiado para maestra, así que no fui al colegio hasta bastante más mayor de lo que suele ser normal.
Nuestra relación era muy estrecha. Para enseñarme, me sacaba a pasear, generalmente al campo, y me iba mostrando las maravillas de la naturaleza. Me enseñó a distinguir todos los sonidos, a identificarlos, a no temerlos, a respetarlos. “En Africa eso es muy importante”. Tendría oportunidad de comprobar estas palabras después. También me enseñó a mirar dentro mí. “Antes que nada busca en tu interior”. Estaba todo el día con ella. Y toda la noche, porque dormíamos abrazados. “¡Mamá, cuando sea mayor quiero casarme contigo!”. “Hijo, tú tendrás una buena esposa, a la que deberás querer mucho y respetar.” Entonces una sombra de tristeza pasaba por su semblante. Un doloroso recuerdo, probablemente de mi padre.
De noche me sacaba a ver las estrellas. Me las iba describiendo y de su mano aprendí todas las constelaciones. Un día me dijo: “Me gusta pensar que en cada estrella está el espíritu de una persona que se ha ido. Que se ponen allí para mirarnos y cuidar de nosotros.” “Mamá, cuéntame quien hay en aquella estrella” “No lo sé, Alberto. Mi gente está en otro hemisferio. Yo misma, cuando muera, me colocaré sobre la estrella más alta de la Cruz del Sur. Sabrás cual es porque es la más amarilla de las cuatro. Tendrás que ir a verme allí”.
“Mamá, ¡tu no te vas a morir nunca!”.
De repente, algo parecido a un gran pájaro me arrancó del prado. Me alzó por los aires y me llevó muy alto. Mi madre se iba haciendo cada vez más pequeña, hasta fundirse con el paisaje, mientras que el campo de amapolas se iba convirtiendo en un mapa de colores. Luego se fue transformando en un cielo estrellado, en el que las flores iban dando paso a las estrellas del firmamento que ella me había hecho conocer tan bien. Pero la Cruz del Sur no estaba allí.
Si al menos hubiera podido mirarla cuando ella me dejó...
Noté que Carla me besaba las mejillas. “Estas llorando… Alberto.”

Gatinha dijo
Dulce y sensual la transición de un cuerpo ardiendo a un alma sensible llena de añoranza.
18 Julio 2005 | 02:14 AM