El increíble despertar de Carla

- “Pasa, Lali”.
- “Mira, han traído este sobre para ti. Por mensajería.” Nos miró un tanto sorprendida. “Alberto, ¿te importaría que me marchara un poco antes? Tengo que hacer unas compras”
La verdad es que esa chica es una joya.
- “Por supuesto que no y, por favor, quita el aire acondicionado antes de irte. Nos estamos helando… Bueno, si no queda nadie…”
Sonrió. “Hace rato que se han marchado todos… tenemos jornada de verano”
De repente reparé en el sobre y lo abrí precipitadamente. El corazón se me aceleró. Lo desplegué y leí apresuradamente... ¡respiré!
- “¿Qué eso?” – preguntó Carla
- “Mis análisis. Estoy limpio. Los encargué nada más llegar de Bulgaria. Han tardado muy poco… pero me han costado un riñón.”
- “Pienso que no hubieran hecho falta. Pero mejor así” –respondió ella
Carla volvió a la carga. Se puso de pie y me pasó los brazos por delante del pecho. Sentía el calor de su cuerpo a mis espaldas.
Yo seguía sin hacer nada. “Mira, te voy a enseñar el Google Earth. Es increíble”
- “Tengo el keyhole desde hace años”
Ronroneaba. Se oyó cerrarse la puerta de la oficina. La respiración de Carla se hacía más agitada.
- “Por favor, ayúdame a contestar un correo a tu gente de Londres. No sé que decirles”
- “Diles que se vayan a la mierda”
- "Pero Carla, ¿que forma de hablar es esa? ¡Voy a tener que lavarte la boca con jabón!"
- "¡En estos momentos me puedes hacer lo que te dé la gana!"
Había esperado esto desde hacía mucho tiempo. Ahora tenía que saborearlo. Y hacerla esperar un poco.
- “Carla. Tú no eres una mujer más. No podemos lanzarnos a esto sin saber que vamos a hacer después” – Me volví hacia ella. “Hemos de analizar…”. Me tapó la boca con la suya y me dio su primer beso. Ansioso, desesperado, dulce y salvaje a la vez. Incontrolado.
Tiró de mí hacia el sofá.
- “Carla, ¿sabes lo que estás haciendo?”
Su cara había adquirido una expresión nueva para mí. Sus pupilas azules estaban dilatadas. Sus mejillas, enrojecidas, sus labios, más carnosos y abultados que de costumbre. Su boca, entreabierta, dejaba ver sus pequeños y blancos dientes y su lengua sonrosada. Había soltado su cola de caballo y definitivamente había perdido la noción del espacio y del tiempo.
Tenía abundante información sobre Carla. Ayer me contaron que su vida había sido bastante monótona. Que había pasado la mayor parte de su infancia y juventud en internados de Suiza y Estados Unidos y que, muy joven, la habían casado con un imbécil rico cuyas únicas relaciones con mujeres las había obtenido a base de talonario. Me imagino como debió ser su matrimonio. Por eso tenía que ser especialmente cuidadoso con ella y no mostrarme nada agresivo. Incluso quería evitar que notara mi estado de excitación, que no recordara lo que en algún momento pudo haber sido su instrumento de tortura. Estaba dispuesto a dejar que ella hiciera lo que quisiera. Yo me quedaría totalmente quieto. No haría absolutamente nada que le pudiera resultar extraño. Si quería relaciones completas, las tendría que demandar ella.
Se puso sobre mí a hojarcadas y me siguió besando un buen rato. Como yo no me movía (sólo recoloqué su trasero para aliviar la presión), se quitó el “niki”. No llevaba nada debajo. Al sacárselo por el cuello, su pecho de adolescente quedó frente a mí. Era algo irresistible pero me contuve. Se acercó más. Procuré ser especialmente delicado al besar sus senos, despacio, suavemente. Me quitó la camisa y me acarició el pecho. Quiso llevar sus labios hasta él, pero desde su altura no llegaba. Me besó en el cuello. Sentí un poco de dolor.
- “Cuidado, cariño, no me dejes marcas”- susurré. Generalmente las chicas inexpertas te dejan hecho un cristo.
Un momento después se levantó. Se quitó la falda. Se quitó todo. A mi me sacó los zapatos y los calcetines. Luego lo demás. Era un momento especialmente importante… diría que decisivo. Era el momento en que podía seguir adelante o echarse para atrás. Me miró detenidamente. Estaba indecisa, no sabía que hacer… Yo me quedé expectante, observándola… tenía unas amplias caderas y unos muslos fuertes y bien torneados. Pasaron unos interminables segundos durante los cuales su aguda inteligencia debió de estar supliendo su falta de experiencia. De repente, se arrodilló ante mí. Estuvo el tiempo justo para acondicionar el escenario. Con primor. Se diría que estaba en la cocina, dándole los últimos toques a un plato. Luego se levantó y se volvió a colocar, de pie, alrededor de mis piernas. Inició el descenso. Se encontraba tentadoramente cerca. Su aroma me envolvía.
- “¿Estás totalmente segura? ¿No quieres que probemos antes de otra forma? ”
No contestó. Se le veía muy concentrada en lo que hacía. Con mucho miedo pero de un modo que ya no admitía vuelta atrás. Lentamente, tanteando primero, empujando un poco después, me fue introduciendo en ella. Muy despacio. Su humedad, y la que ella había dejado en mí, ayudaron bastante. Nada más culminar el acoplamiento, explotó su orgasmo. Se había transformado. Estaba agitada, sorprendida. Me miraba a los ojos como pidiendo una explicación de lo que le estaba ocurriendo. Me agarró la mano, como un naufrago asustado. Debía querer saber si todo iba bien, si lo que estaba sintiendo era normal, si no se estaría muriendo. Mi sonrisa debió tranquilizarla y dejé que se fuera calmando. Sin hablar. Cuando recuperó el aliento me dio un largo beso.
- “¿Carla, quiero preguntarse una cosa?”
- “Puedes hacerlo sin problemas. Mañana o pasado tendré la regla.”
No obstante, no quería acabar aquello demasiado pronto. Lo estuve dilatando un rato. No parecía molesta, sino todo lo contrario. Nos besamos todo el tiempo. Yo llevaba desde el viaje sin hacer nada y no esperaba poder controlarme mucho más. Un poco después, un manantial de vida se derramó dentro de ella. Al sentirlo, se excitó de nuevo y empezó a moverse. Tuvo un segundo orgasmo, mucho más largo y tranquilo que el primero. Ya era la segunda vez que lo experimentaba y le había perdido el miedo.
Estaba radiante. Reía, tenía las mejillas enrojecidas, lo que le daba una mayor belleza. Se le veía muy feliz. No quise preguntarle nada. Era un momento importante en su vida y debía gestionarlo ella. Se le notaba el frescor de una planta recién regada.
Nos vestimos. Me miraba todo el rato.
- “No querrás mandarme para casa, ¿verdad? Quiero dormir contigo.”.
Sabía en lo que estaba pensando. Tenía la espina de Vera clavada. Porque, además, la búlgara la había llamado días después para contarle lo que había pasado. Con pelos y señales. Pero no podía dejar que se lanzara a una competición. Las circunstancias no eran las mismas y Vera era una chica tremendamente entrenada. Eso era precisamente lo que me había alarmado de ella. Carla – por el contrario - era casi una virgen.
- “Por supuesto que pasaremos la noche juntos. Nos besaremos otra vez y nos dormiremos. Mañana tenemos un día muy importante. Es la selección de personal”

Gatinha dijo
Que se puede decir, todo esta descrito, lo unico que hace falta saber es ficción o realidad?
Me llama la atención que tu idolo sea el máximo lider espiritual de la historia y no ser creyente digno de comentar y analizar.
13 Julio 2005 | 10:08 PM