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La Coctelera

El lado oscuro de las cosas

10 Julio 2005

LAS DESDIBUJADAS FRONTERAS DEL SEXO

Las condiciones metereológicas no nos acompañaron mucho este fin de semana. Por otro lado, una amiga con la que había quedado me llamó el viernes diciendo que tenía que ir a ver a su madre, que se había puesto enferma. La conjunción de ambos factores, en especial del primero, hizo que tuviera mucho más tiempo para relacionarme con el grupo, y especialmente para estar con las cuatro personas que más quiero. Por eso no fue un mal fin de semana. Pero he de confesar que fue raro. Y a mi me marcó mucho, hasta el punto de que voy a dejar de utilizar ciertos adjetivos que he venido empleando en mis comentarios anteriores, siempre con todo respeto pero poco descriptivos.

Estos adjetivos versaban sobre la opción sexual de las personas.

El tema empezó con Peter, que estaba desolado. A su huída de la agencia había añadido el hecho de venirse conmigo, algo que le había prohibido expresamente su pareja. Suponía que ya habían roto, pero no tenía la certeza. “¿Que pasa -pregunté - estaba celoso?”. “Dice que me gustas”. “Bueno, tú también me gustas a mí; si no, no te hubiera invitado”. “El lo dice de otra forma”, respondió. Empecé a jugar: “¿Y es cierto?” Le miré fijamente. Lo que vi me alarmó un poco. Estaba totalmente desconcertado, tratando de situarse, de hilar sus pensamientos… “No te lo preguntaba en serio, Peter, ya sé que no”. Pasé rápidamente a otro asunto y seguimos charlando. Pero de repente hice un análisis de lo que sentía por mi amigo. Evidentemente, le tenía un gran afecto. No me diagnosticaba a mi mismo ningún prejuicio, no me importaba que me vieran con él. Profundicé un poco más. Sentí mi instinto depredador. El que te incita a tomar lo que es del prójimo. Y también mi instinto manipulador, el que te estimula a adueñarte de las voluntades ajenas, o por lo menos de influir sobre ellas. Como me ocurre en muchas ocasiones de la vida. Pero no sentí la llamada de mi cuerpo, que es la que pone en marcha mi mecanismo de acercamiento a las mujeres, aunque evidentemente no a todas. La opción estaba entonces en mis hormonas, en mi respuesta, no en mis principios o valores. Estos, lo único que pueden hacer es impedir que hagas lo que te apetece. Y yo me sentía libre de ellos. Pensé que la línea de las opciones era muy difusa. Lo único que me diferenciaba de lo que pudiera estar sintiendo Peter era justamente lo que yo no sentía. ¿Y si lo llegara a sentir alguna vez? Peter se fue a dormir. Yo me quedé un rato en la piscina meditando y tomando el fresco y me quedé adormilado en la penumbra, tumbado en una hamaca.

De repente y en sueños sentí que me besaban de una forma muy dulce y al propio tiempo muy sensual… No sabía lo que estaba pasando y transcurrieron unos segundos, cinco o seis, hasta que tomé conciencia. Abrí los ojos sobresaltado y, frente a mí, sentada en una esquina de la tumbona, se encontraba inclinada hacia mí Dori, la hija mayor de unos amigos. “¿Por favor, Dori, que haces?” “Besarte, ya lo ves”. ¿“Pero no comprendes que puedo ser tu padre”?. “Sí, pero no lo eres.” – “Déjate de bromas, Dori.” “No son bromas, quiero que seas tú el primero” “¿El primero en besarte? Bueno, ya lo soy” “No, el primero en poseerme” -“Pues vas a tener que esperar cuatro años”. Me levanté y la cogí del brazo. “Vete a la cama, anda, o llamo a tu madre”. Dejó caer la toalla que la envolvía. Su musculoso cuerpo de nadadora se ofreció a mi vista en todo su esplendor. Pude ver que era bastante alta. Casi 1,80. Me agaché torpemente para coger la toalla y aprovechó para pegar su sedoso vientre contra mi cara. Conseguí taparla. Se me quedó mirando muy fijamente sin comprender. Entonces me di cuenta. ¿Qué derecho tenía yo a recriminarla? Ella no estaba haciendo nada reprobable. Seguía su instinto, su despertar a la vida. Su opción. Le quemaba su cuerpo poderoso y las hormonas que se derramaban de sus ovarios. Pensé en mis catorce años, en que entonces había encontrado unos brazos comprensivos que habían apagado mis primeros fuegos, una mujer que estaba contratada para cuidarme y cuyo apoyo orientó mi sexualidad de una manera natural y sin traumas. Ahora estaba allí Dori, reclamando, exigiendo la misma ayuda y yo no podía dársela. Pero tampoco podía aconsejarla. No podía decirle que las únicas opciones que tenía eran buscar la sexualidad solitaria o entregarse a un menor torpe e inexperto que probablemente le hiciera sentir asco por el sexo. Me inspiró mucha ternura, una gran piedad y le dije: “Dori, amor, bonita, nada me gustaría más en estos momentos que estar contigo. Debes entender que lo que tú estas haciendo no es malo, que no te debes sentir culpable o avergonzada, pero que para mí tú eres una fruta prohibida. Y lo estoy deseando tanto como tú. Así que, si me aprecias un poco, te irás a dormir” Su expresión cambió, se hizo más feliz. Diría que dichosa. “Gracias - me dijo - sabía que no me había equivocado al desear que hicieras el amor conmigo”. Y se marchó.

Me había desvelado. Aún sentía en mis labios ese extraordinario beso. ¿Quién le habría enseñado? Ahora el desconcertado era yo. Hacía unos minutos había comprendido que las opciones las marca el cuerpo, no la razón. Y tras la actuación de Dori mi razón había obrado como debía, pero mi cuerpo había tomado otro camino. ¿Acaso era yo un corruptor de menores? Hoy, domingo, la cosa fue peor. La chica seguía buscando y reclamando sus derechos en su naciente vida, su opción. Procuraba rozarme, tocarme, caminar delante de mí, mirarme intensamente. Mi desazón no estaba motivada tanto por pensar que yo pudiera hacer algo con la niña, sino por las sensaciones que me estaba provocando y que evidentemente me colocaban en un estado de permanente tensión. Y no paraba de pensar en cual podría ser mi respuesta si alguna vez una hija mía estuviera en esa situación de “extrema necesidad”. Porque como buen machista, si sé lo que haría si en lugar de hija fuera hijo. Ese es otro punto que me preocupa.

Lo único que me consolaba y que me hacía sentir bien era no haberle afeado su conducta, como fue mi primera e instintiva reacción, producto de una culturización que no logro sacudirme.

Peter notó algo raro y al regreso, en el coche, me preguntó que me pasaba. Le conté todo lo que acabo de escribir, aunque con mucho más detalle. Me tranquilizó: “la niña me gusta hasta a mí”. “Pero me alegro de que hayas tomado conciencia de lo que es una opción.”. “Ya no seré tu amigo rubio, o gay, o abogado, o inglés. Seré Peter”. Pero inmediatamente después me hizo otra pregunta que me puso otra vez a pensar “Y ahora dime. ¿Cómo hubieras reaccionado si en lugar de besarte Dori lo hubiera hecho su hermano? ¿Hubieras sido tan comprensivo?”

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Escondida

Escondida dijo

¿Ningún comentario? Vas a tener que elegir mejor a tus lectores/as. Tus textos son buenos, aunque eso ya lo sabes. Tienes facilidad para enganchar, y mucha. Me parece vivirlo todo a pie de letra, como si sucediera en tiempo presente y como si el título de cada una de tus entradas fuera el agujerito que me lleva hasta tus instantes, siempre “escondida”.
En cuanto a tus suposiciones sobre mí, tus deducciones, nada puedo decirte desde el escondite (en eso consiste el invento). Digamos que algunas cosas son ciertas, otras sólo cercanas. Pero lo puramente anecdótico no importa demasiado. Siento haberte hecho sentir celos (bueno, en realidad no lo siento demasiado...).
Hasta pronto.

18 Julio 2005 | 03:01 PM

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El lado oscuro de las cosas

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Creo que a estas alturas, si hay alguien interesado en saber como soy, ya hay material suficiente para que lo averigüe. (No es que considere que esto tenga algún valor, pero como forma parte de mi vida y he visto que algunas partes se han empezado a reproducir en algún otro sitio, lo que ya se ha solucionado, quiero indicar que los textos, no las imágenes, están inscritos en el Registro de la Propiedad Intelectual.)

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