Publicidad:
La Coctelera

Mi último secreto

Mi imprevisto regreso, al cabo de casi dos años, se debe a que me quedó algo por contar y de lo que no logro librarme. Algo que nunca revelé a nadie, ni a aquellos más cercanos con los que he compartido mi vida. Algo que sólo yo he sabido desde que - hace muchos años - murieran, con poca diferencia de tiempo, las otras dos personas que en este mundo también lo supieron. Desde entonces ha sido como una pesadilla que me despierta de vez en cuando por las noches y que me produce un irracional sentido de culpabilidad.

En mi primer intento de desvelar el origen del drama de mi vida, fallé. Lo quise describir como quien cuenta una historia o como quien relata una crónica para un periódico. Lo cargué de falsa entereza y de frívola serenidad. Me engañé a mi mismo y me equivoqué. Fue en el León de Namibia. Del contenido de lo que escribí se deduce un drama, evidentemente. Lo que no se pone de manifiesto es que lo que ocurrió fue la más cruel burla del destino, el zarpazo más enorme que una persona puede recibir. El resultado de una enorme carga de convencionalismos de una sociedad que se empeña en decirte lo que está bien y lo que no lo está. La hipocresía de quien hace de la venta de la moral un medio de vida y un negocio, un golpe que me marcó de por vida, haciéndome asumir como objetivo de mi vida la defensa de una libertad cuya barrera sólo se encontraría en aquella línea en la que comienza la de los demás. A partir de aquel momento me dediqué a desafiar todas las normas escritas y no escritas, desde las protocolarias a las consideradas más sagradas y que – durante milenios - vienen esclavizando al ser humano desde que nace hasta que muere. Decidí que otro ser humano sólo podría imponerme restricciones en aquello que le afectara personalmente, y que no habría convencionalismos, preceptos religiosos o tabúes que no estuviera yo dispuesto a romper.

La muerte de mi novia no fue accidental. O si lo fue, lo más probable es que la causa de ella fuera su desesperación. Había decidido romper conmigo de una manera definitiva, sin darme ninguna oportunidad de afrontar juntos la verdad que acababa de descubrir. De haberlo hecho, estoy seguro de que habríamos conseguido la fortaleza necesaria para vivir con ello el resto de nuestras vidas.

Lo supo de boca de su madre. Hermana menor de la mía, ya fallecida y, por tanto, mi tía. El instrumento del que se valió el destino para herirme de forma gratuita. La buena persona que casi nunca falta y que, siguiendo los dictados de su conciencia, irrumpe en las vidas de los demás, desbaratándolas.

Faltaban dos semanas para casarnos y, desde tiempo atrás, la que iba a ser mi suegra mostraba una clara hostilidad hacia nuestra relación. Lo curioso es que esos sentimientos habían empezado sólo dos meses antes, cuando le habíamos comunicado nuestra intención de casarnos.

"Pero sois primos y… tan iguales…”

Ya sabes, tía, que nos hemos hecho todo tipo de análisis y que no tenemos ningún defecto que se pueda acumular y menos, transmitir”. “Y ya tenemos la dispensa papal, si eso es lo que te preocupa"

Pocos días después llegó a Madrid y no quiso hospedarse en mi casa, sino en un hotel, lo que nos extrañó. Citó a su hija, que vivía conmigo, porque quería pedirle algo.

Lo que la madre de mi novia hizo durante aquella dramática mañana fue arrancarle una promesa, un juramento sagrado. El de que no se casaría conmigo. Le explicó que, aprovechando un viaje de su marido, había tenido una aventura con mi padre, de la que no tenía la más mínima duda que había nacido ella. Que no era mi prima, sino mi hermana.

Lo supe porque me lo contó tras el entierro, pidiéndome perdón. Entonces la miré fijamente, horrorizado.

“¿Tan importante era eso? ¿Tan importante como para destrozar tres vidas?"

Se me quedó mirando, sin comprender..

"¿Tres?“

¿Es que acaso no te dijo tu hija que estaba embarazada?

Evidentemente no pude perdonarla. No lo hice entonces y no creo que pueda hacerlo nunca, a pesar de fue desleal a otra de sus convicciones religiosas. Se suicidó un mes más tarde.

NUNCA INFRAVALORES A UNA NIÑA

(Viene de "Como un tornado")

Mientras conducía hacia la casa de Dori, ésta me dijo: “Te voy a hacer una pregunta muy importante, Alberto, y quiero que me la contestes sinceramente.” Noté un extraño cambio en el estilo de su lenguaje y en su timbre de voz.
- "Dime, Dori"

- "¿Te gusto como mujer?"

- "Le gustas a todo el mundo, Dori, pero eres una niña"

- “Te pregunto que si te gusto lo suficiente como para casarte conmigo. Porque me has dicho que vamos a preguntarle a mi padre que le parece, ¿o era un engaño?”

- "Claro que me gustas, Dori, ya lo sabes, pero tu padre no lo va a permitir."
- "Si lo hiciera, ¿te casarías conmigo?"

Aquel día había sido muy intenso. Había tenido una mañana complicada, luego la comida con Laly y, después, la irrupción de la chica. Todavía no me lo explico, pero dije que sí.

- "Para el coche. ¿Lo prometes?"

- “Si, Dori, lo prometo, no hace falta que nos detengamos.”

Llegamos a su casa y nos recibió su padre. “He traído a tu hija, que vino a mi oficina y quiere contarte algo.”
- “Pasa ¿quieres un whisky?”

- “Si, por favor.” Tenía la boca seca. Una sensación rara me empezaba a embargar.

Dori nos dijo que esperáramos unos minutos, que regresaría enseguida. Estuvimos charlando un poco de las ideas que se les metían a los niños en la cabeza, pero no quise adelantar nada. Dori era la que iba a hablar. Supuse que contaría la historia como lo había hecho conmigo, y esperaba ver la cara que ponía su padre con lo de los vídeos.

Unos diez minutos después regresó la chica, pero transformada. Parecía mucho mayor. Se había puesto un vestido, unos zapatos de medio tacón, se había recogido un poco el pelo y pintado discretamente. Nos quedamos asombrados tanto su padre como yo. Nos miró y empezó a hablar.

- Todos me tenéis como una niña pero en realidad soy una mujer que sabe lo que quiere desde hace tiempo. A través de vuestras conversaciones he ido siguiendo la vida de Alberto, alguien muy criticado por vosotros porque ha vulnerado muchas reglas sociales, o por lo menos las ha vulnerado públicamente. Tiene dos hijas, lo que hace que muchas mujeres se lo pensaran antes de unirse a él, y un pasado muy notorio, que también da inseguridad a quienes no tienen fuerza de espíritu. Carla, por ejemplo, no tuvo valor para seguir adelante después de conocer sus circunstancias. Y, sobre todo, está su situación con Daisy y Jane, que ni el mismo sabe en qué punto se encuentra. Pero Alberto es un alma atormentada que ha estado buscando permanentemente el amor, sin encontrar un lugar seguro donde recalar.
- "Necesita una mujer fuerte como yo, que estabilice su vida y que no se preocupe de a quien amó o de a quien ama en estos momentos. Alguien que lo quiera como es, con sus defectos y con sus virtudes, con su presente y con su pasado. Alguien incondicional y definitivo. Sé perfectamente que si nos casamos me será fiel mientras estemos juntos."

Su padre fue a decir algo, pero ella lo paró con un gesto.

- "Yo quiero a Alberto y él me ha prometido que si tú y mamá no os oponéis, se casará conmigo. Necesitamos eso y una dispensa judicial. Y me vais a dar vuestra autorización, porque no tenéis fuerza moral para negaros. Sé que me lleva muchos años pero es una persona honesta y tengo confianza en él. Yo seguiré con mis estudios, con mi carrera y me abriré un futuro. Los hijos los aporta Alberto, así que no tendremos ninguno. Yo quiero mucho a las niñas, llevo años haciendo de canguro con ellas. Y me he identificado mucho con sus madres, que también me quieren.

Entonces hizo una pausa y pareció dudar, pero se armó de valor y siguió.
- "Aunque lo más importante es que no deseo en modo alguno vivir una vida como la vuestra ni como la de vuestros amigos, tú acostándote con tus secretarias y mamá… bueno, ya sabes que no está precisamente con los abuelos, como me habéis dicho. ¿Es eso lo que queréis para mí?"

Al ver que no reaccionábamos, siguió.

- "Tú, papá, eres una persona razonable. Tienes que convencer a mamá. Si no accedéis a lo que os pido, sé que no podré ir con Alberto, pero seréis responsables de mi infelicidad. Porque jamás os perdonaré vuestra oposición y seréis culpables de lo que yo pueda hacer con mi vida en el futuro."

Se dio media vuelta y se marchó escaleras arriba, recogiéndose el pelo, que se le había soltado.

Nos quedamos en silencio.

- "¿Tu sabías esto?", me preguntó Luis, temblando.

- “Me había contado las cosas de otra manera, en plan infantil, por lo que no le hice mucho caso. Incluso me habló de que había visto la pornografía que tienes en el ordenador, a la que ella se refirió como videos educativos sexuales o algo así, no recuerdo… Tiene tu clave...”
Se echó las manos a la cabeza.

- "¿Tú has prometido casarte con ella?"

- "Le dije que si vosotros lo autorizabais lo haría."

- "Pero pensando que no tendrías que hacerlo. ¿no?"

- "Lo bueno y lo malo de las promesas, Luis, es que se hagan como se hagan no se pueden romper. Yo no me voy a volver atrás. Así que ya me diréis algo. Mientras tanto, no veré a Dori. La pelota está en vuestro tejado, no en el mío."

- "¿Pero tú quieres a mi hija?"

- "Mira, Luis, eso es algo que nunca me planteé, porque nunca pensé en que esa posibilidad se presentara. Pero querer a tu hija no es difícil. Y después de lo que acabo de presenciar, mucho menos. Me ha tendido una trampa con sus simuladas técnicas infantiles, pero eso demuestra que es una mujer decidida que no se para ante nada. Ya me lo advertiste tú. Y como te digo, yo no me voy a volver atrás ante una promesa. Jamás lo he hecho. Y con respecto a lo que acaba de decir tu hija sobre la vida que lleváis, no quiero darte mi opinión, pero le está haciendo más daño que si estuvierais divorciados. Es posible que haya visto en mí la posibilidad de huir de este mundo. Yo también lo haría si estuviera en su lugar."

La madre de Dori me llamó al día siguiente para que le dijera a su hija que el asunto no iba en serio. Le respondí que no lo haría y que estaba en la mano de ella impedir que siguiera adelante. Me colgó bastante furiosa.

La historia de mi vida acaba aquí, y la de este blog también. Aún sigo a la espera de una respuesta. Sé por Dori – que me telefoneó para comunicármelo - que se ha cursado la petición a un juzgado. Pero nada más. Y pase lo que pase, tampoco lo voy a contar ya. Porque a partir de ahora se abrirá, en cualquier caso, una nueva etapa de mi vida cuyos detalles sólo los conocerán quienes formen parte de ella.

UNA PREVIA DESPEDIDA

Antes de colocar la nota que cierra mi historia y mi presencia activa en La Coctelera, porque me reservaré la posibilidad de contestar comentarios y hacerlos, quiero realizar algunas manifestaciones.

En primer lugar, felicitar a los diseñadores y organizadores de esta comunidad de blogs por su excelente idea, en especial a Ricardo, con el que me he cruzado algunos e-mails. Han conseguido una comunicación interna como no existe en ninguna otra agrupación similar, que yo conozca. Pienso que pronto, si no ha ocurrido ya, recibirán ofertas de compra por parte de multinacionales, cuya interactividad no ha sido resuelta. La propia estructura de la página de inicio facilita esa comunicación. Los que van publicando, van desfilando con su foto o logo a la izquierda. Los que van comentando, a la derecha. Es como el casino, la feria del pueblo o FITUR, pero con visitantes de todo el mundo. Alguno me puso un contacto para que colocara un traductor.
Recomiendo a los usuarios incluir una imagen o una foto. Yo personalmente me he sentido mucho más inclinado a pinchar en donde hay un signo de vida que sobre un rostro vacío. Estos me recuerdan a esa gente de fuera que carece de alma, aunque luego, al leer lo que escriben, te das cuenta de que no es así. Y entre los logos, prefiero una mariposa antes que un montón de colillas. (Va por K, pero hay más, como la de shikiyanofumo). Sé que el tema lo requiere, pero hubiera preferido ver sus caras. La de la propietaria de la mariposa la tengo bastante perfilada.

Pero esta comunidad fideliza a sus “clientes”. La gente no se va de aquí a otro sitio, sino que viene de otros lugares. La competencia no convence, a mí por lo menos. Y no lo digo sólo en el idioma español. He probado, por curiosidad, otros lugares y ni técnica ni humanamente se le acercan. Así que, felicidades. Si yo dejo de escribir es porque emocionalmente lo necesito. Este lugar me ha atrapado, se ha apoderado de mí y, por mucho que lo quiera ignorar, también hay vida fuera. Y la tenemos que comparar cada día con que la que vivimos dentro.

Quiero, en segundo lugar agradecer a muchas personas el sólo hecho de que existan y escriban aquí. Nos alegran la existencia. A todos los que están en mi lista de amigos y a muchos que también los considero así aunque no estén “apuntados.” No los voy a citar a todos porque sería una lista interminable. Gracias por el tramo de viaje que hemos hecho juntos.

Para terminar, volveré a insistir en el hecho de que las pasiones que se desencadenan dentro de este espacio son más fuertes que las de fuera. Muchos no las soportamos. Aún no sé que le pasó a Escondida y espero que Mercedes vuelva pronto, porque la necesitamos. Yo vendré por aquí a mirar cada vez que el mundo real se me vuelva demasiado insípido. Ahora mismo, mientras escribo esto, estoy sintiendo una fuerte opresión en el pecho.

LOS ÚLTIMOS TIEMPOS

La anorgasmia de mi amiga no era más que una excusa. Realmente no tenía orgasmos con su marido, pero los podía alcanzar siempre que dispusiera de un acompañante medianamente solidario.

Por lo demás, todo seguía igual. Una noche, en una cena organizada por una institución de “ayuda a los necesitados”, y en una mesa redonda de diez personas, cierta dama que había bebido algo de más y cuya vida y milagros yo conocía bastante bien me dijo como una gracia:

- “Oye, Alberto, a ver cuando dejas a esas dos… chicas y te buscas una novia decente?"
- “¿Como tú de decente?” –respondí de inmediato.

Se hizo un silencio sepulcral. El marido se las quiso dar de macho y me dijo:
- “Te exijo que pidas excusas a mi esposa inmediatamente por lo que acabas de decir”
El tipo, al que yo había conocido en Madrid jugando al rugby, era bastante violento y con un gran historial de peleas públicas. Me la tenía jurada desde un partido en el que nos tocó enfrentarnos y en el que había estado todo el tiempo practicando juego sucio. Había lesionado a dos de nuestro equipo. Casi al final del mismo, el entrenador - aprovechando mi mayor peso y velocidad y que, en Namibia, un neozelandés ex-jugador de los All Blacks me había enseñado ciertas “técnicas” - me pidió que no le dejara irse sin una respuesta. En cuanto pude le hice un placaje "asesino", pero tan limpio y sincronizado que el árbitro no pitó nada. Salió en camilla del campo.

Ni le miré. Hasta ese momento yo no había dado ningún espectáculo en la ciudad y lo evitaría. Por eso quería contar con todo el factor sorpresa que pudiera, de tal manera que el asunto, de producirse, no durara más allá de tres o cuatro segundos y que, técnica y legalmente, se iniciara con una agresión por parte de él. Ignoré sus palabras y seguí fijando mis ojos profundamente en los de la mujer. Sin parpadear.

- “Vamos, Marga, dile a los presentes que eres tú la que me vas a pedir disculpas por lo que has dicho.”
Ella estaba pálida. “Perdóname, Alberto, no quise molestarte”
- “Acepto tus disculpas, y vosotros aceptad las mías, porque me marcho. Acabo de recordar que no es este el lugar en donde debía estar en este momento.”

Vi que el tipo se levantó para seguirme y vi también como varios amigos lo sentaban de nuevo en la mesa. No tuvieron que hacer demasiado esfuerzo.

A partir de entonces había reducido el círculo de “amistades”. Quedaron como media docena, entre los que estaban los padres de Dori. Poco después me habilité una vivienda en el mismo lugar en que tengo la empresa, y casi siempre me quedaba a dormir aquí. Notaba que la burbuja de las Janes y de las Daisys se estaba cerrando y yo me estaba quedando fuera. Me hice un lobo solitario.

Fue entonces cuando establecimos un acuerdo con una inmobiliaria inglesa para la que trabajaba Carla. Acudimos a una exposición en Londres y otra en Berlín, a donde fue Carla con su marido. Se detectaron los capitales procedentes de países del Este y decidimos adelantarnos y empezar a abrir mercado en ellos. Se programaron una serie de viajes, el primero de los cuales fue Sofía, en donde se iban a concentrar inversores de varios países que no querían ser contactados en sus lugares de origen.

El resto está en el blog. De mi vida presente llegué hasta el momento en que convencí a Dori para llevarla a casa de sus padres. Está en “COMO UN TORNADO” (28 de julio). Regresaré de nuevo a ella justo en esa fecha, la última de mi vida que pienso contar.

LA MALDICIÓN DEL CLÍTORIS

(Fotografía: Fragmento de una obra de Kagaya)
La revisión del post de hace un rato me ha traído a la memoria algo que no quiero dejarme en el tintero, porque a pesar de la avanzada educación sexual que se prodiga por todo el mundo, me sigo encontrando multitud de personas que necesitan de esta información. Concretamente, tengo alguien del “mundo real” que la precisa. Y lo que ahora escriba, se lo pasaré.

Los mecanismos que propiciaban la evolución de las especies se basaban en el principio de la supervivencia de los más aptos, en función del entorno en que se encontraban. Los machos más fuertes tenían más posibilidades de enviar sus genes al futuro, así como las hembras más prolíficas. Hace millones de años, éstas eran las más receptivas de entre aquellas que no tenían otros problemas orgánicos, es decir, las estructuralmente preparadas que recibían más esperma por unidad de tiempo. Y las más receptivas eran las menos saciadas, aquellas cuyo deseo sexual se continuaba por más tiempo después del coito, permitiendo el acceso de varios machos. Estos defendían la primacía de sus células embrionarias de una manera noble, es decir, luchando con sus competidores. Pero la necesidad busca resquicios, y se seguían enviando al futuro, de forma imparable, genes de hembras insatisfechas.

Con la llegada del “homo sapiens”, esos genes se recibieron intactos.
Podemos decir que sin preliminares, sin caricias, sin tocamientos, sin preparación previa, prácticamente todas las mujeres necesitan más tiempo que el hombre para llegar al orgasmo. Son los cromosomas recibidos del pasado. Al percibirse ese fenómeno, comenzó otra lucha menos noble. La que desarrollaron las religiones y las supersticiones.
Se empezaron a practicar las amputaciones de clítoris, tanto morales como reales. Las religiones menos cruentas – en este tema, que no en otros - extirpaban y extirpan los clítoris con la reprobación social y las penas del infierno. Las más primitivas, con la ablación del órgano con rudimentarios e infectados instrumentos o con su arrancamiento con un alambre o alfiler, prácticas que desembocan frecuentemente en la muerte. No obstante, he de decir que hay cantidad de miembros de organizaciones religiosas occidentales que están luchando en África contra esas prácticas y poniendo – con ello - en riesgo su libertad y hasta su vida.
Jane es médico y había dejado de ejercer para unirse a un programa contra estas prácticas en África. Me contaba casos espeluznantes y su lucha era casi sin esperanza. Existía apoyo oficial, pero muchos de los responsables gubernamentales que tenían que colaborar con ella creían firmemente que una mujer con clítoris era una firme candidata a convertirse en una puta. Daisy y Ronja se habían librado gracias a una cooperación sueca que había en su región cuando ellas nacieron. Pero su salvación había sido su condena, porque no eran socialmente aceptables por tener clítoris y por no estar infibuladas.
Esta es otra perversión surgida probablemente con posterioridad, pero cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos. Algunos dicen que está inspirada en algunos versículos del Corán, pero eso sólo debió de ser la oficialización de la costumbre y su respaldo moral. Se remonta a miles de años y consiste en coser los labios mayores y menores de la mujer con fibras vegetales en origen, para pasar a hacerse después con los más diversos materiales, entre los más usuales, el hilo de pescar. Se han detectado casos de haberse hecho con alambre. El objetivo es procurar mayor placer al hombre, que se encuentra una vagina con la entrada muy estrecha. Pero esa operación desarrolla en las mujeres una característica forma de caminar, con pasos muy cortos y rodillas muy juntas. Y así han de recorrer kilómetros llevando agua u otros productos. Precisamente esa manera de andar resulta atractiva para el hombre, con lo que la mujer acaba exagerando esos movimientos.

Cuando Jane se excedió en su lucha contra esas prácticas y consiguió que se realizara un programa denuncia de la BBC, estuvieron a punto de matarla en un atentado. Además, como consecuencia de la impotencia que sentía, sufrió una grave crisis de nervios. Fue entonces cuando un familiar que tenía en una Embajada se la llevó allí como intérprete, en espera de convencerla de que regresara a Europa.

Yo detesto a Sigmung Freud, que puede considerarse el científico que más ha retrasado la comprensión de una vida sexual sana y placentera. Para él, las mujeres que tenían orgasmos por estimulación del clítoris se encontraban en una fase infantil y debían evolucionar al orgasmo más “adulto” o “maduro”, el orgasmo vaginal. El que haya espasmos en ese lugar no indica que falte la participación del clítoris, aunque sea indirecta. Y también la mera estimulación del clítoris produce esas mismas contracciones. Su teoría, sacralizada hasta hace muy poco, ha acomplejado a infinidad de mujeres y hecho infelices a millones de parejas.

Si Freud hubiese tenido más experiencias personales con mujeres se habría dado cuenta de que el clítoris es el órgano omnipresente en todo orgasmo, aunque la mujer no lo sepa, ya que en los raros casos en que se produce sin su estimulación directa, la hay indirecta por la elasticidad de la zona en la que está situado, como he dicho antes.

Lo que varía de una a otra es la forma en que esa estimulación se produce. En ello tienen una gran influencia las primeras experiencias. Por ejemplo, la chica que se ha estimulado con la mano desde pequeña (puede comenzar antes de la pubertad), aceptará bien que se lo haga otra persona que sepa, también con la mano o con la lengua, aunque esto último produce las primeras veces pudor, cosquillas y vergüenza. Por eso hay una tarea previa consistente en hacer desaparecer tabúes y prejuicios. Otras, en cambio, que han utilizado la presión de – por ejemplo – el pasamanos de una escalera o los bordes redondeados de una cama, se colocará encima y se apretará contra ti buscando en tu pelvis esa presión, lo que sólo puede lograr cómodamente cuando tu ya has terminado y resultas más “tierno” dentro de ella. Hubo una - ¡que trabajo me costó que me lo contara! – que necesitaba el pico de una mesa mientras accedía a su vagina desde atrás. A veces, el pico también me rozaba a mí, por lo que tuve que aprender a evitarlo. Ella lo descubrió, por casualidad, a los siete años, al pegarse contra un pupitre. Desde entonces, lo practicaba cada día.

He conocido muchos casos de mujeres que pensaban que no podían llegar al orgasmo, lo que las llegaba a convertir en auténticas ninfómanas jamás satisfechas, o en personas retraídas. Pero eran simples disfunciones por ignorancia o exceso de educación religiosa. Nunca he conocido a una persona auténticamente frígida. A lo mejor es porque no ha habido posibilidades de que ese encuentro se haya producido. El no tener orgasmos no significa no tener deseo. Pero si éste falta, no se producirá ninguna opción al acercamiento. Una vez creí haber detectado a una, pero comprobé que me había equivocado.

Todo esto viene a cuento del episodio de la anorgasmia. Aún resulta demasiado frecuente.

MISIÓN CUMPLIDA

El embarazo simultáneo de Jane y Daisy puso punto final a mi participación biológica en el “proyecto”, que ahora serían dos. Ya mi función reproductora había terminado y, ahora, lo prioritario era dedicarse a que todo discurriera sin problemas. Volví a contactar con Laura, que se había mantenido muy al margen.

Pero Laura era sólo una amiga y lo sabía. No quería perder su independencia, su libertad. Yo creo que no quería hacerse ilusiones y sufrir. No obstante, mientras estaba con ella, me sentía muy bien. Pero mi amor por las chicas era más fuerte que nunca. Y ahora que llevaban un hijo mío, mucho más. Se lo conté a Laura y lo comprendió. Hay cosas contra las que no se puede luchar.

Jane aceptaba bien lo de Laura. Pero creo que exteriormente. Un día me preguntó. ¿La quieres?
Jane, yo sólo os quiero a ti y a Daisy. Quizás la imposibilidad de tener a la primera hiciera que inconscientemente la priorizara. Porque sabía que la segunda estaba a mi disposición en cuanto yo quisiera. Pero no traicionaría a Jane.

Aún no me explico porque nuestra relación sexual no siguió. Pienso que Jane se encontraba en desventaja frente a la poderosa Daisy, que era una máquina de hacer el amor. Ella era más frágil, más delicada y su papel dominante quedaba en entredicho. Había perdido seguridad en si misma y se le veía como más sumisa y dominada. Quizás hubiera podido hacer que me aceptara…. Pero no quería eso, tenía que desearme y buscarme ella. Y no lo hizo. Además, con sus embarazos, la sexualidad de ambas pasó a un segundo plano. Estaban más atentas a sus barrigas que a cualquier otra cosa. Y se dedicaron a decorar una habitación, a mirar cunas, ropita y cosas así.

Pasaron los meses y… tuvimos dos niñas. Una blanquita y otra de color chocolate con leche. Ya hablé de ellas… Y de sus nombres… Daisy la primera y Jane la segunda. Fue un escándalo social larvado y la gente me miraba por la calle con una mezcla de reprobación y envidia. Pero nadie me decía nada porque sabían que ya había pegado un par de “cortes” bastante sonados.

Los negocios marchaban cada vez mejor. Pasaron meses y años. En ese período nos marchamos de Madrid y nos instalamos en una ciudad costera. El boom inmobiliario nos permitió progresar y un par de años después aconsejé a Laura, de la que ya andaba bastante desconectado, que se viniera. Sus servicios estaban siendo muy demandados por residentes extranjeros. Ella hablaba inglés muy bien y eso le abrió las puertas de forma inmediata.
Pero mi actividad me hacía tener que relacionarme con mucha gente. Almuerzos, cenas, cócteles, lo indecible… A mi aquello no me gustaba nada. Y menos aún al ver como, cuando llevaba a Jane y Daisy, éstas eran discriminadas. No es que les dijeran nada, es que se hacía un vacío tremendo a su alrededor.
Al propio tiempo, padres con niñas casaderas, solteras en busca de marido, aventurerillas de la Costa y demás fauna se me acercaban. Yo procuraba disminuir al máximo mi actividad “de alto riesgo” y salir con mujeres menos peligrosas, en el sentido que yo daba a mis palabras. Me empecé a relacionar con alguna que otra casada, en unos encuentros que no me quitaban mucho tiempo ni ponían en riesgo mi libertad, pero que eran estimulantes porque a través de las carencias de las esposas conocías a sus maridos. La mayor parte de ellas, para quitar importancia a su comportamiento me contaban lo que hacían la mayor parte de sus amigas, con lo que me fui enterando de cómo funcionaba aquel mundo de hipocresía.
A veces la infidelidad se producía por razones muy comprensibles. Una se me acercó con el exclusivo objetivo de saber si su anorgasmia era curable. No quería ir al médico y sacó la conversación un día que coincidí con ella en la calle y la invité a tomar un café. Le dije que eso tendríamos que hablarlo en un lugar más tranquilo – no en una cafetería - con más tiempo, tras haber obtenido su total confianza, y con un grado de complicidad entre ambos que eliminara cualquier tipo de barrera. Me entendió perfectamente y sus constantes vitales se alteraron. No sé que tiene el adulterio, pero la propia palabra excita. Le cogí la mano y le dije que no se preocupara. Me acababa de dar cuenta de que no tenía ningún problema.

- "¿Qué tienes que hacer ahora?" – me preguntó con voz trémula y ronca.

UNA OLA LLEGADA DE LEJOS

Había hecho el esquema de los tres últimos post de mi interminable historia y se supone que los debería haber publicado ya, con lo que mi participación en este interesante mundo bloguero se habría acabado. En estos momentos, mi dedicación a un nuevo propósito es total y absorbe casi todo mi tiempo, a excepción del que dedico a pensar en gente de aquí dentro. En gente “virtual”, pero que sin embargo existe, siente, piensa, quiere y sufre. He leído lo que iba a publicar y no me siento inclinado a hacerlo hoy, porque en estos momentos mi acelerado ritmo me crea un conflicto con el lento desgranar de mi pasado. Sólo el hecho de haber dispuesto de tiempo libre en exceso puede haber propiciado que me haya extendido en detalles de mi vida que nunca creí que siquiera iba a recordar.

Pero los sentimientos generados en este tiempo permanecen y han pasado del mundo virtual al real, originándose hechos que sólo suceden en el primero.

Esta tarde, cuando me refrescaba en el mar, después de un día agotador pero satisfactorio, en el que las pasiones del espíritu han sido las protagonistas, una ola extraña, que desde hacía rato veía acercarse por el horizonte, ha llegado hasta mis pies con dulce mansedumbre y ha hecho un dibujo en la arena. Yo me he acercado y una fuerza surgida de mi interior ha hecho que junto a él, hiciera con mi dedo un trazo similar. La ola, que esperaba formando remolinos, ha recogido la imagen resultante y se la ha llevado.

Me perdonaréis que mañana siga con mi vida. Pero es que quiero echar pronto el telón.

¿O es que a lo mejor no quiero?

EL ENTORNO, LAS PROBABILIDADES Y LA COCTELERA

El viernes me fui a almorzar con un grupo de personas a un conocido chiringuito de la zona donde yo vivo. Antes intenté nadar un rato en el mar, lo que se hace cada vez más difícil por la aglomeración de gente, por lo que hube de adentrarme unos cientos de metros. Pero las medusas me convencieron de que debía regresar. Frustrado y dolorido, unas compasivas y bien parecidas mozas me untaron con un poco de crema. Eran nuevas por allí, hijas o amigas de alguien, y enseguida me preguntaron lo habitual, que si yo no estaba con mi familia.
- “Soy huérfano” – dije, con lo que se quedaron un poco cortadas.
- "Pero…¿y tu pareja?." preguntó una.

Siempre me ha parecido inadecuada esa palabra, porque pareja significa dos personas o cosas. Si tengo una pareja de ases, es que tengo dos ases. En mi caso, Jane y Daisy hubieran sido “mi pareja”.

- “Mi dos chicas se me han distanciado un poco. Ahora, la pareja más cercana que tengo sois vosotras dos. Amigas sueltas, tengo alguna más.”

No hubo forma de provocar un diálogo medianamente estimulante. Me tomé una cerveza y me serví un plato de arroz de una paella que había en la mesa de unos conocidos.

Me miraron sorprendidos.

La noté un poco fría. Cuando casi me la había comido, uno de los que estaban allí me dijo.

- "Espero que no te importe, pero esto era de unos extranjeros que se acaban de marchar. Nosotros hemos cogido la mesa para que no nos la quiten. No hemos pedido todavía."
- “No importa," respondí. "Es que tengo mucha prisa y no me puedo quedar”
Y me volví a mi despacho y a mi ordenador, en bañador, lleno de sal, de ungüento y de picores.

Evidentemente, entré en “La Coctelera”. Alguien me habló entonces del mundo real y del mundo virtual, de lo que puedes encontrar en cada uno de ellos. Y es justamente la mecánica de este blog lo que hace que el virtual te ofrezca muchas más posibilidades.

En primer lugar, en el virtual la moneda de cambio es el espíritu. La afinidades, las filias y las fobias se producen por este motivo. En la calle, lo que prevalece es el aspecto exterior. Gente que se te acerca o que se te aleja en función de lo que le sugiere ese aspecto, sin que importe demasiado lo que éste pueda o no envolver. Y a mi, particularmente, me ocurre que atraigo a quien no me apetece y ahuyento a quien me gustaría conocer, sin que tenga oportunidad de detectar a estos segundos.

En la Coctelera, sin embargo, puedo seleccionar a la gente que me gusta. O ellas seleccionarme a mí. Por ejemplo, creo que tendría que ser muy interesante una conversación con Mercedes, que me fascina y a la que yo considero una “travesti de la pluma”. Lo mismo le da cuarenta vueltas a un académico de la lengua que emula a un andaluz analfabeto. Me encantó un comentario que me dejó. Hace una utilización tan magistral de las palabras y las coloca tan oportuna y adecuadamente que es un gozo leerla.

En la vida real, tu entorno es muy limitado. Yo, además, huyo de bares, discotecas, pubs y reuniones sociales. En el virtual, las posibilidades se multiplican o se elevan a distintas potencias, en función del tiempo que te dediques a escanear tu entorno.

Lo malo del virtual es que, al final, acabas encontrando lo que no puedes fuera y vas y te apasionas por alguien. Y de forma mucho más intensa que en el real. Yo, el viernes me quedé tan triste que, tras ducharme, escogí la película que peor ponía la crítica y me fui al cine solo. Hace años que no lo hacía, ni acompañado. Vi “Adivina quien” y se me esponjó el corazón contemplando a la preciosa Zoe Saldana y oyendo el detalle de “la media naranja”.