Mi último secreto

Mi imprevisto regreso, al cabo de casi dos años, se debe a que me quedó algo por contar y de lo que no logro librarme. Algo que nunca revelé a nadie, ni a aquellos más cercanos con los que he compartido mi vida. Algo que sólo yo he sabido desde que - hace muchos años - murieran, con poca diferencia de tiempo, las otras dos personas que en este mundo también lo supieron. Desde entonces ha sido como una pesadilla que me despierta de vez en cuando por las noches y que me produce un irracional sentido de culpabilidad.
En mi primer intento de desvelar el origen del drama de mi vida, fallé. Lo quise describir como quien cuenta una historia o como quien relata una crónica para un periódico. Lo cargué de falsa entereza y de frívola serenidad. Me engañé a mi mismo y me equivoqué. Fue en el León de Namibia. Del contenido de lo que escribí se deduce un drama, evidentemente. Lo que no se pone de manifiesto es que lo que ocurrió fue la más cruel burla del destino, el zarpazo más enorme que una persona puede recibir. El resultado de una enorme carga de convencionalismos de una sociedad que se empeña en decirte lo que está bien y lo que no lo está. La hipocresía de quien hace de la venta de la moral un medio de vida y un negocio, un golpe que me marcó de por vida, haciéndome asumir como objetivo de mi vida la defensa de una libertad cuya barrera sólo se encontraría en aquella línea en la que comienza la de los demás. A partir de aquel momento me dediqué a desafiar todas las normas escritas y no escritas, desde las protocolarias a las consideradas más sagradas y que – durante milenios - vienen esclavizando al ser humano desde que nace hasta que muere. Decidí que otro ser humano sólo podría imponerme restricciones en aquello que le afectara personalmente, y que no habría convencionalismos, preceptos religiosos o tabúes que no estuviera yo dispuesto a romper.
La muerte de mi novia no fue accidental. O si lo fue, lo más probable es que la causa de ella fuera su desesperación. Había decidido romper conmigo de una manera definitiva, sin darme ninguna oportunidad de afrontar juntos la verdad que acababa de descubrir. De haberlo hecho, estoy seguro de que habríamos conseguido la fortaleza necesaria para vivir con ello el resto de nuestras vidas.
Faltaban dos semanas para casarnos y, desde tiempo atrás, la que iba a ser mi suegra mostraba una clara hostilidad hacia nuestra relación. Lo curioso es que esos sentimientos habían empezado sólo dos meses antes, cuando le habíamos comunicado nuestra intención de casarnos. "Pero sois primos y… tan iguales…” “Ya sabes, tía, que nos hemos hecho todo tipo de análisis y que no tenemos ningún defecto que se pueda acumular y menos, transmitir”. “Y ya tenemos la dispensa papal, si eso es lo que te preocupa" Pocos días después llegó a Madrid y no quiso hospedarse en mi casa, sino en un hotel, lo que nos extrañó. Citó a su hija, que vivía conmigo, porque quería pedirle algo. Lo que la madre de mi novia hizo durante aquella dramática mañana fue arrancarle una promesa, un juramento sagrado. El de que no se casaría conmigo. Le explicó que, aprovechando un viaje de su marido, había tenido una aventura con mi padre, de la que no tenía la más mínima duda que había nacido ella. Que no era mi prima, sino mi hermana. Lo supe porque me lo contó tras el entierro, pidiéndome perdón. Entonces la miré fijamente, horrorizado. “¿Tan importante era eso? ¿Tan importante como para destrozar tres vidas?" Se me quedó mirando, sin comprender.. "¿Tres?“ Evidentemente no pude perdonarla. No lo hice entonces y no creo que pueda hacerlo nunca, a pesar de fue desleal a otra de sus convicciones religiosas. Se suicidó un mes más tarde.
¿Es que acaso no te dijo tu hija que estaba embarazada?



Esta es otra perversión surgida probablemente con posterioridad, pero cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos. Algunos dicen que está inspirada en algunos versículos del Corán, pero eso sólo debió de ser la oficialización de la costumbre y su respaldo moral. Se remonta a miles de años y consiste en coser los labios mayores y menores de la mujer con fibras vegetales en origen, para pasar a hacerse después con los más diversos materiales, entre los más usuales, el hilo de pescar. Se han detectado casos de haberse hecho con alambre. El objetivo es procurar mayor placer al hombre, que se encuentra una vagina con la entrada muy estrecha. Pero esa operación desarrolla en las mujeres una característica forma de caminar, con pasos muy cortos y rodillas muy juntas. Y así han de recorrer kilómetros llevando agua u otros productos. Precisamente esa manera de andar resulta atractiva para el hombre, con lo que la mujer acaba exagerando esos movimientos.


